Tal vez podría ser, cuando te decidas entre el sí y el no, y entre el adentro y el afuera, que yo llegue a creer que de repente es remotamente posible. Entonces, y solo entonces, de a poquitos, lo intentaremos. No sé si seré capaz. Mucho menos, si tú estarás listo. Tal vez sea mejor esperar un poco. ¿Y si vamos más allá? Estamos muy cerca. Intenta moverte unos pasos. No sé, unos tres o cuatro pasos. Lo suficiente para que no sea demasiado lejos. Tampoco quieres avanzar muy poco. No puede ser tan difícil encontrar un punto medio. Posiblemente sea un poco raro, pero jamás imposible. Si entiendes bien lo que te quiero decir, podrás dejar de dudar. En serio, yo creo que vas a estar bien. Por lo menos, nunca vas a estar tan mal. No mientras sepas qué hacer. Estaremos como tengamos que estar. Intento explicarte algo simple sin que suene complicado. ¿Por qué no se puede? Tan solo haz el esfuerzo por entenderme. Si no me entiendes es porque no tienes nada que entender. Lo que te digo se extiende mucho más allá del alcance de estas palabras o de cualquier palabra. En realidad, hasta ahora, no te han dicho nada. Te he hecho perder el tiempo. Y al no decirte nada con tantas palabras, te lo he dicho todo. Ahora entiendes por qué prefiero hablar desde mis ojos.
Mi domingo a las cinco de la tarde se convirtió - entre mis veintes y mis treintas - en un símbolo. Es un espacio solitario: un vacío que aprendí a llenar conmigo y con pensamientos dispersos. Aquí rescato algunos intentos de hacer de esos pensamientos *arte*. Esto jamás será auto-ayuda. Los domingos a las cinco de la tarde no hay agendas, las calorías ya no se cuentan, el silencio es música y no hay a quién convencer. Aquí realidad y ficción se abrazan; luz y sombra bailan.
Saturday, October 28, 2017
Sunday, October 8, 2017
Sorpresas
Sintió un
golpe por detrás. Pura furia comenzó a correr por su diminuto cuerpo.
Metió la cabeza debajo del timón y sus manos cogieron un tremendo
palo de fierro. Era un palo grande. Iba a golpearlo. Iba a sacarle la mierda.
Quién se creía ese huevón para meterse con su carro.
El ¨golpesito¨ era
una inofensiva señal de protesta. El taxista lo había cerrado olímpicamente.
Pudo haber ocasionado un choque. Ese nivel de prepotencia no podía pasar desapercibido.
El muchacho de ojos grandes estaba pidiendo justicia.
El taxista salió
de su carro y caminó hacia la camioneta del muchacho de ojos grandes. Sorprendido, el muchacho se preguntó de dónde coños había sacado ese fierraso. Sintió
rabia, apagó el carro, abrió la puerta y puso los pies en el suelo. Los ojos se
le hicieron aún más grandes. Qué se creía ese enano conchesumadre.
Cara a cara, el taxista con su palo y el muchacho con sus ojos. Se golpearon, primero con palabras, luego con los puños. El muchacho logró quitarle el arma de las manos. Había triunfado. Miró al taxista con ojos victoriosos, dio media
vuelta y regresó a su camioneta. Tenía hambre. Iría por una hamburguesa.
Pero el taxista
no iba a perder la pelea. Se le infló el pecho. Caminó a su diminuto auto y de su maletera sacó
un extintor. A buena hora le había comprado ese cachibache al cachinero del barrio.
En el instante en el que el taxista empotró
el extintor contra el el faro de la camioneta del muchacho, un ojo izquierdo grande se
aflojó y rodó por el suelo. Tuerto y furioso, el muchacho dio media
vuelta y caminó hacia el taxista.
Ojos, fotos y silbidos
rodeaban a los luchadores. Del tumulto sobresalió la voz de una mujer muy
fea que decía - ¿Apuesta, apuestas... gana al flaco fuerte o el chaparro armado? Nadie llamó a
un policía.
El extintor se
movía de un lado al otro empujado por la fuerza de cuatro manos y dos vidas de
rabia acumulada. Más insultos. Más golpes. El taxista cayó al piso y una
delgada línea de sangre corrió desde su frente hasta su oído. Con el tanque
sobre los brazos extendidos, el muchacho miró al cielo con su único ojo y le
cantó a las nubes, por segunda vez, victoria. Se escucharon algunos aplausos. Quiso soltar el tanque y aplastar al taxista como una hormiga. De repente, pasó un viento suave que lo envolvió a él y su rabia, al
taxista y sus armas, a la mujer fea y sus predicciones… El viento sublime los envolvió a todos hasta congelarlos.
Silencio. Y dentro de todos los que formaban parte del espectáculo surgió una voz fina como un hilo de oro. Era la voz de una niña.
– Perdedores
todos.
Pasó un tiempo. El viento dejó a correr. Todos despertaron. El tumulto se disolvió. Los que cruzaban la calle,
cruzaron la calle. Los que iban al mercado, caminaron al mercado. Los que
esperaban en el paradero, subieron a su micro. La vida siguió su curso para todos menos para el
taxista y el muchacho. Los luchadores quedaron congelados.
Y ahí siguen,
como dos estatuas, en el medio de la Avenida El Ejército. A veces los disfrazan.
Hay chiquillos que pegan chicles en sus cuerpos. Nadie conoce sus
nombres. Ningún alcalde pagó por ellos. En silencio, alguna vez los hemos celebrado. Ojalá pronto los miremos con verguenza.
Monday, September 18, 2017
La montaña
Juvenal era un bravo, el más bravo de todos. Había trepado todas las montañas del mundo. Había dormido al descubierto en medio de la selva. Los ríos se hacían siempre mansos a sus pies y podía mirar a un león a los ojos. Era valiente, de pocas palabras, de ideas claras.
Cuando llegó a la puerta de la casa de Catalina le comenzaron a temblar las piernas. Debe ser el frío - pensó. Estaba convencido de lo que le diría. Solo una frase. Había repasado ese instante en cada paso, cada cumbre y cada charco que había recorrido los últimos meses. Ese momento ya lo había vivido. Todo estaba controlado. Tocó el timbre.
Salió Catalina, con sus ojos grandes y una sonrisa en la cara. No hacía frío. Era verano. Catalina vestía una blusita azul pastel. Esperó unos segundos eternos hasta ver que la boca de Juvenal se abría grande, tan grande como una de las tantas cuevas en las que el valiente montañista había dormido. Eso le había contado en sus cartas.
En su boca cueva y de su corazón azul pastel, Juvenal solo pudo encontrar una, solo una pregunta:
- ¿Qué hora es?
- ¿Qué hora es?
Las flores que le había comprado se marchitaron dentro de su casaca. Se despidió rápido. Y dando media vuelta, caminó de regreso hacia las montañas, habiendo dejado de trepar la más grande de todas.
Sunday, September 3, 2017
¨Resfríos tontos¨, dicen.
Había pasado el tiempo suficiente como para que Sofía creyera que ya estaba mejor. Se sentía más enraizada (sobre todo cuando no pensaba en ese resfrío tonto de invierno que no se le iba, que no se le iba). Distraída, Sofía movía el dedo de arriba abajo sobre la pantalla de su celular, cuando sintió el piso rajarse debajo de sus pies. De una pequeña grieta, salió un poquito de agua. Centímetros más allá, otra grieta, más agua. Había comenzado a surgir agua por todos lados. Ella solo miraba la explosión, estática, cuando descubrió que tenía hundidos los talones. El celular se le resbaló de las manos hasta romper la superficie de esta amenaza líquida aparentemente *desconocida*. Y el agua comenzó a subir. Llegó hasta sus pantorrillas, continuó por sus rodillas, recubrió sus caderas y remojó sus costillas. A Sofía se le humedeció el corazón y la garganta. El agua le tapó la boca, y unos milímetros debajo de su nariz, decidió parar. La respiración nerviosa de Sofía generaba ondas sutiles, casi imperceptibles. Quiso alcanzar su celular para textear *aquí no pasa nada* pero el aparato estaba lejos y la verdad demasiado cerca. Movió los ojos hacia un lado y hacia el otro (había que asegurarse que nadie estuviese mirando). Sabiéndose sola, abrió un poquito la boca para probar el agua salada de sus lágrimas. Las olió y sintió la amargura. Las tocó y entendió el abandono. Miró hacia arriba en busca de alguna explicación racional o de un chiste, pero solo pudo ver imágenes proyectadas sobre el techo de su habitación inundada: excusas, planes cumplidos, panadoles, ropa nueva, cervezas, demasiados intentos por hacerse la heroína y sonreír... Y como cuando cae una gota de agua en un desierto, cayó una lágrima de su ojo derecho para teñir el agua de púrpura.
De una lágrima teñida, Sofía sacó fuerzas, empujó sus pies del piso, sumergió la cabeza en su pena, abrió los ojos para mirar el fondo y comenzó a nadar. Nadó desnuda hasta la otra orilla.
Al llegar, su resfrío se había ido. Sentada en esa otra orilla, Sofía entendió un poco mejor su nombre y descubrió *sorprendida* que en el suelo de su habitación solo quedaba un pequeño charco.
De una lágrima teñida, Sofía sacó fuerzas, empujó sus pies del piso, sumergió la cabeza en su pena, abrió los ojos para mirar el fondo y comenzó a nadar. Nadó desnuda hasta la otra orilla.
Al llegar, su resfrío se había ido. Sentada en esa otra orilla, Sofía entendió un poco mejor su nombre y descubrió *sorprendida* que en el suelo de su habitación solo quedaba un pequeño charco.
Wednesday, August 30, 2017
Evasión
Sabía lo que necesitaba hacer. Por eso, hizo todo lo demás.
Comenzó limpiando la casa. La limpió hasta borrar letras y dejarla limpita (y no mediocremente limpiecita). Luego, perfeccionó su técnica de tender camas. Hubo que hacer más de un intento. Al terminar, le puso encima una toalla en forma de elefante bebé. Como no tenía una mascota, amarró una cuerda al cuello del elefante y lo sacó a pasear. Tomo una ruta nueva y larga. Al volver, puso agua en un platito para hidratar al elefante y se metió a la ducha. Limpió cuidadosamente todas las esquinas de su cuerpo como lo había hecho con las de su casa. Dejó escurrir unas cuantas ideas absurdas. Con el agua de ideas ahogadas sancochó alcachofas, manzanas y vainitas. Se hizo un te y le puso miel. Ordenó su refrigerador. Salió a comprar más frutas y más verduras para llenar los espacios vacíos. Al ver que no entraban en el viejo refrigerador, decidió salir a comprar uno nuevo, y como el refrigerador nuevo no estaba suficientemente lleno, salió a comprar más frutas y más verduras. En el camino recordó que en casa faltaban cosas esenciales como una pizarra de tiza, un taper para guardar palta y una manta polar. Compró, entonces, una pizarra de tiza, un taper para guardar palta, una manta polar y dados de colores (a veces es válido dispersarse un poco). Aprovechó para visitar a su tía enferma. Le contó un cuento y se despidió de ella con un beso en la frente. Volvió a casa y dobló ropa. Le escribió a sus amigos preguntando qué harían esa tarde. Siempre supo que no quería verlos. Se compró un pasaje a La Habana. Prendió velitas. Volvió a pasear a su elefante. Se enamoró tres veces. Plantó perejil y hierba buena en su jardín. Se desenamoró dos veces y decidió sufrir un poco más por el tercero. Sancochó más alcachofas. Se volvió a bañar. Pensó en su tía enferma. Recordó el cuento. Se preparó un café. Comenzó un negocio. Limpió la pantalla de su monitor. Se paró en busca de su elefante. El pequeño elefante, escondido debajo de las sábanas, sacó la trompa y le susurró -Ni me mires. Ya no había arrugas en las sábanas. Ya no tenía amigos qué llamar. Su familia la había olvidado y su elefante había vuelto a hacerse toalla. La tienda de refrigeradoras estaba cerrada. El verdulero se había ido con la frutera. Buscó en su cabeza más cosas pero solo había vacío. Le dio miedo no ver pendientes en su lista de pendientes. Y en ese instante, cuando miraba el techo, apareció una polilla en la punta de su nariz. -¿Qué carajos esperas para ponerte a escribir?- le reclamó, molesta. Sopló la polilla. Estiró sus manos dormidas. Al tocar las teclas se rajó la fina capa de hielo que había congelado sus palabras. Salió el sol en su garganta. Cayó una lágrima y luego, una sonrisa. Suavemente, suspiró - Santa Polilla.
Sunday, July 30, 2017
Camino rojo camino
Les escribo sobre una nube desde donde puedo ver la totalidad de mi jardín y sus bordes. Vivo en un jardín de olivos. Desde el aire, el jardín se ve como una gran mancha circular de color verde atravesada por un camino rojo.
El camino atraviesa el círculo de un lado al otro. Al llegar al borde del círculo, surge una decisión implícita:
(1) Dejar los olivos, sus grillos, sus duendes, y poner los pies en ese otro mundo asfaltado y gris,
(2) dar media vuelta y volver a recorrer el mismo camino rojo que nunca es el mismo,
(3) caminar libremente por el espacio entre los olivos (finalmente, todo lo que uno camina es un camino rojo).
Con frecuencia elijo el 2 porque me encanta el color radiante del camino. Es un color que cambia con la hora y el clima: rojo manzana por las mañanas, rojo kola inglesa por las noches, rojo sangre en invierno. Lo que nunca cambia es su brillo. Me pregunto si en las noches silenciosas, cuando todos dormimos, bajan los duendes desde los olivos a echarle cera.
No estoy segura si son mis ojos o si así es la realidad, (aunque en realidad, ¿existe otra realidad más allá de la que veo con mis ojos?), pero cuando paso por el camino rojo veo huellas de muchos pies distintos. No hablo de huellas imaginadas: yo veo hendiduras, huecos, raspones, marcas... camino sobre una superficie con textura por donde las bicicletas dan saltitos y mis pies tropiezan todo el tiempo. Cada paso que doy se convierte en un hueco más, complicando aún más las cosas. A veces me abrumo intentando no pisar las huellas frescas de otros, pero ya casi no quedan espacios libres. Y en ese instante, surge otra decisión implícita:
(1) Reescribir recorridos,
(2) ocupar los pasos de otros,
(3) subir a la nube y ver a otros caminar (después de un par de horas, la distancia desde las nubes es aburrida, sobre todo si es invierno).
Mi torpeza con los pies solo me permite pisar por donde puedo (1). No es fácil andar por el camino rojo. Cuando mis pies encajan en alguna huella más grande que la mía resulta bastante sencillo. No es igual que encontrar pasos estrechos para mis zapatos. Si ando distraída, tropiezo con las marcas de pisadas dudosas y entrecortadas. Hay registros de pies, de botas, de tacos, de talones y también de manos. Aparecen del subsuelo recorridos con ritmo, sin pausa, dispersos, agresivos y tristes. El camino me hace imaginar historias, desde abajo y desde las nubes.
Imagínense que he llegado a encontrar huellas que se repiten solo cada cinco metros. Seguro cuentan la historia de algún saltamontes. A veces hay pares de pisadas que me hacen preguntar si existen los conejos humanos. El otro día encontré un hueco tan grande que pudo haber sido el pie de un dinosaurio o el cuerpo de algún vagabundo dormido. Quiero soñar con haber encontrado los pasos de Ribeyro y del abuelo que nunca conocí. Cruzo los dedos por no haber puesto nunca mis pies en las marcas de algún político corrupto.
Siempre he querido memorizar las huellas en el camino, pero cada vez que doy la vuelta para regresar, la textura es otra y la historia no es la misma. El camino rojo está cambiando todo el tiempo porque el mismo tiempo al pasar deja sus propias huellas.
Imagínense que he llegado a encontrar huellas que se repiten solo cada cinco metros. Seguro cuentan la historia de algún saltamontes. A veces hay pares de pisadas que me hacen preguntar si existen los conejos humanos. El otro día encontré un hueco tan grande que pudo haber sido el pie de un dinosaurio o el cuerpo de algún vagabundo dormido. Quiero soñar con haber encontrado los pasos de Ribeyro y del abuelo que nunca conocí. Cruzo los dedos por no haber puesto nunca mis pies en las marcas de algún político corrupto.
Siempre he querido memorizar las huellas en el camino, pero cada vez que doy la vuelta para regresar, la textura es otra y la historia no es la misma. El camino rojo está cambiando todo el tiempo porque el mismo tiempo al pasar deja sus propias huellas.
He encontrado huellas parecidas a las de mis padres y no dudo que he recorrido los pasos de algunos amigos. Me pregunto si alguna de mis almas gemelas y yo ya nos hemos pisado los pasos. A veces encuentro uno que otro paso mío, de cuando tuve cinco, cuando tuve quince y cuando tuve veinticinco. ¿Seguiré teniendo pies a los ochenta?
¿Me habré cruzado con tus pasos? ¿Tú habrás pisado sobre los míos? Solo el camino rojo lo sabe. El camino y los olivos. Los olivos y su memoria. Los duendes y sus travesuras.
Es hora de bajar de mi nube y seguir caminando. Se está poniendo nublado aquí arriba.
Sunday, July 16, 2017
La pregunta correcta de Juliancito Bailé
Llevo la música en la sangre. Desde niño supe cómo bailar. Nunca tuvieron que enseñarme. Sospecho que lo aprendí en la barriga de mi madre con el compás de sus latidos. Antes de hablar bien, bailé bien, y hasta hoy, a mis ochenta y dos años, solo tengo que escuchar una canción de salsa para que mis huesos cansados regresen a los salsódromos y timbales que me consagraron como el gran Julián Bailé.
Cuando salgo a la calle, los del barrio me saludan con respeto, agachando la cabeza. Con mi bastón, hago un golpecito en el piso y les regalo algún juego de pies. Viví de la salsa y espero morir arrullado por su dulzura de la mano de mi mujer hermosa.
Cuando salgo a la calle, los del barrio me saludan con respeto, agachando la cabeza. Con mi bastón, hago un golpecito en el piso y les regalo algún juego de pies. Viví de la salsa y espero morir arrullado por su dulzura de la mano de mi mujer hermosa.
Mi mulata tenía el mejor ritmo de todas. Me enamoré de ella porque nunca la vi mirar al piso al bailar, y hasta cerraba los ojos para hacerme creer que yo la llevaba (los dos sabemos bien que siempre fue ella la que marcó el ritmo, del baile, y de la vida, que finalmente son la misma cosa). Tuvimos tres hijos felices y con ritmo. Todos bailaban bien. En nuestras reuniones familiares habrá faltado el pan, pero nunca la música.
Mi último hijo se casó con una gringa sonriente pero tiesa como un pedazo de madera. Para mí que de niña le hicieron desayunar leche con cemento. Nunca me quedará claro si él la escogió para llevarme la contra, pero su decisión generó una catástrofe en el árbol genealógico de los Bailé: nació de nuestra sangre un niño sin ritmo.
Mi nieto Juliancito nunca tuvo ritmo ni en la lengua ni en los pies. Salió tartamudo y hasta se tropezaba caminando. Era voluntarioso pero torpe como él solo. Se convirtió en mi nieto favorito porque como su abuela, nunca miraba al piso. Por sus ojos firmes y su sonrisa, le agarré un cariño especial.
Siendo desarticulado, le encantaba bailar. Intenté incentivarlo con las matemáticas, pero el niño se pasaba el día entero escuchando salsa. Cuando Juliancito cumplió los cinco años le dije a mi mujer - Ni modo negra, habrá que enseñarle.
Juliancito sacudía sus huesitos de pollo como una marioneta. Parecía acalambrado. Las rodillas se le doblaban como si fuesen mantequilla y su cabeza amenazaba a caérsele del cuello. Siempre que lo veía bailar me temía que se me iba a romper en cuatro. Ay Dios mío, si no hubiera sido por su sonrisa... Su sonrisa y esos ojos que le brillaban tanto que yo les juro que un día botaron chispas.
- Abuelito, enséñame a bailar como Julián Bailé.
- A ver pues Juliancito, a ver cómo le hacemos.
Probé de todo: videos, clases, hasta acupuntura. Amarré sus manos y pies a las mías para que me siguiera. Lo mandaba dormir escuchando salsa todas las noches y ponía pimienta en su desayuno todas las mañanas. Nada me funcionaba y solo logré que le diera gastritis :(
Mientras iba creciendo comencé a tener pesadillas. Despertaba con taquicardia cuando lo imaginaba sacando a chicas a bailar con su lengua enredada y sus pies de plomo. Una sonrisa no lo iba a salvar.
- ¿Cómo conquista uno sin poesía y sin baile? - le pregunté a mi mulata, preocupado. - Con astucia mi negro, con astucia - me respondió, como siempre, muy tranquila y sin mirar al piso.
Un 16 de julio como hoy, Juliancito salió a bailar con su abuela. No me dejaron ir con ellos. Nunca conoceré los pormenores. Solo sé que al volver, lo único que dijeron es que había que confiar en el poder de la palabra. ¿De la palabra? - dije confundido - ¡Pero si con las palabras uno no baila!
Pues bien, a mi Juliancito nunca le han faltado las novias. Ya tiene casi cuarenta, y si sigue soltero, es porque así lo quiere. Sin ritmo y tartamudo, nunca recibe una negativa, ni de la más guapa, ni de la más bailarina. El muchacho simple y sencillamente aprendió que uno tiene que saber preguntar bien y nunca mirar al piso:
- ¿Bailas?
¿Quién no baila? Esa es la historia de Juliancito Bailé que aprendió a manejar el arte de la pregunta correcta.
Subscribe to:
Posts (Atom)