Había pasado el tiempo suficiente como para que Sofía creyera que ya estaba mejor. Se sentía más enraizada (sobre todo cuando no pensaba en ese resfrío tonto de invierno que no se le iba, que no se le iba). Distraída, Sofía movía el dedo de arriba abajo sobre la pantalla de su celular, cuando sintió el piso rajarse debajo de sus pies. De una pequeña grieta, salió un poquito de agua. Centímetros más allá, otra grieta, más agua. Había comenzado a surgir agua por todos lados. Ella solo miraba la explosión, estática, cuando descubrió que tenía hundidos los talones. El celular se le resbaló de las manos hasta romper la superficie de esta amenaza líquida aparentemente *desconocida*. Y el agua comenzó a subir. Llegó hasta sus pantorrillas, continuó por sus rodillas, recubrió sus caderas y remojó sus costillas. A Sofía se le humedeció el corazón y la garganta. El agua le tapó la boca, y unos milímetros debajo de su nariz, decidió parar. La respiración nerviosa de Sofía generaba ondas sutiles, casi imperceptibles. Quiso alcanzar su celular para textear *aquí no pasa nada* pero el aparato estaba lejos y la verdad demasiado cerca. Movió los ojos hacia un lado y hacia el otro (había que asegurarse que nadie estuviese mirando). Sabiéndose sola, abrió un poquito la boca para probar el agua salada de sus lágrimas. Las olió y sintió la amargura. Las tocó y entendió el abandono. Miró hacia arriba en busca de alguna explicación racional o de un chiste, pero solo pudo ver imágenes proyectadas sobre el techo de su habitación inundada: excusas, planes cumplidos, panadoles, ropa nueva, cervezas, demasiados intentos por hacerse la heroína y sonreír... Y como cuando cae una gota de agua en un desierto, cayó una lágrima de su ojo derecho para teñir el agua de púrpura.
De una lágrima teñida, Sofía sacó fuerzas, empujó sus pies del piso, sumergió la cabeza en su pena, abrió los ojos para mirar el fondo y comenzó a nadar. Nadó desnuda hasta la otra orilla.
Al llegar, su resfrío se había ido. Sentada en esa otra orilla, Sofía entendió un poco mejor su nombre y descubrió *sorprendida* que en el suelo de su habitación solo quedaba un pequeño charco.
De una lágrima teñida, Sofía sacó fuerzas, empujó sus pies del piso, sumergió la cabeza en su pena, abrió los ojos para mirar el fondo y comenzó a nadar. Nadó desnuda hasta la otra orilla.
Al llegar, su resfrío se había ido. Sentada en esa otra orilla, Sofía entendió un poco mejor su nombre y descubrió *sorprendida* que en el suelo de su habitación solo quedaba un pequeño charco.
bello
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