Juvenal era un bravo, el más bravo de todos. Había trepado todas las montañas del mundo. Había dormido al descubierto en medio de la selva. Los ríos se hacían siempre mansos a sus pies y podía mirar a un león a los ojos. Era valiente, de pocas palabras, de ideas claras.
Cuando llegó a la puerta de la casa de Catalina le comenzaron a temblar las piernas. Debe ser el frío - pensó. Estaba convencido de lo que le diría. Solo una frase. Había repasado ese instante en cada paso, cada cumbre y cada charco que había recorrido los últimos meses. Ese momento ya lo había vivido. Todo estaba controlado. Tocó el timbre.
Salió Catalina, con sus ojos grandes y una sonrisa en la cara. No hacía frío. Era verano. Catalina vestía una blusita azul pastel. Esperó unos segundos eternos hasta ver que la boca de Juvenal se abría grande, tan grande como una de las tantas cuevas en las que el valiente montañista había dormido. Eso le había contado en sus cartas.
En su boca cueva y de su corazón azul pastel, Juvenal solo pudo encontrar una, solo una pregunta:
- ¿Qué hora es?
- ¿Qué hora es?
Las flores que le había comprado se marchitaron dentro de su casaca. Se despidió rápido. Y dando media vuelta, caminó de regreso hacia las montañas, habiendo dejado de trepar la más grande de todas.
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