Sintió un
golpe por detrás. Pura furia comenzó a correr por su diminuto cuerpo.
Metió la cabeza debajo del timón y sus manos cogieron un tremendo
palo de fierro. Era un palo grande. Iba a golpearlo. Iba a sacarle la mierda.
Quién se creía ese huevón para meterse con su carro.
El ¨golpesito¨ era
una inofensiva señal de protesta. El taxista lo había cerrado olímpicamente.
Pudo haber ocasionado un choque. Ese nivel de prepotencia no podía pasar desapercibido.
El muchacho de ojos grandes estaba pidiendo justicia.
El taxista salió
de su carro y caminó hacia la camioneta del muchacho de ojos grandes. Sorprendido, el muchacho se preguntó de dónde coños había sacado ese fierraso. Sintió
rabia, apagó el carro, abrió la puerta y puso los pies en el suelo. Los ojos se
le hicieron aún más grandes. Qué se creía ese enano conchesumadre.
Cara a cara, el taxista con su palo y el muchacho con sus ojos. Se golpearon, primero con palabras, luego con los puños. El muchacho logró quitarle el arma de las manos. Había triunfado. Miró al taxista con ojos victoriosos, dio media
vuelta y regresó a su camioneta. Tenía hambre. Iría por una hamburguesa.
Pero el taxista
no iba a perder la pelea. Se le infló el pecho. Caminó a su diminuto auto y de su maletera sacó
un extintor. A buena hora le había comprado ese cachibache al cachinero del barrio.
En el instante en el que el taxista empotró
el extintor contra el el faro de la camioneta del muchacho, un ojo izquierdo grande se
aflojó y rodó por el suelo. Tuerto y furioso, el muchacho dio media
vuelta y caminó hacia el taxista.
Ojos, fotos y silbidos
rodeaban a los luchadores. Del tumulto sobresalió la voz de una mujer muy
fea que decía - ¿Apuesta, apuestas... gana al flaco fuerte o el chaparro armado? Nadie llamó a
un policía.
El extintor se
movía de un lado al otro empujado por la fuerza de cuatro manos y dos vidas de
rabia acumulada. Más insultos. Más golpes. El taxista cayó al piso y una
delgada línea de sangre corrió desde su frente hasta su oído. Con el tanque
sobre los brazos extendidos, el muchacho miró al cielo con su único ojo y le
cantó a las nubes, por segunda vez, victoria. Se escucharon algunos aplausos. Quiso soltar el tanque y aplastar al taxista como una hormiga. De repente, pasó un viento suave que lo envolvió a él y su rabia, al
taxista y sus armas, a la mujer fea y sus predicciones… El viento sublime los envolvió a todos hasta congelarlos.
Silencio. Y dentro de todos los que formaban parte del espectáculo surgió una voz fina como un hilo de oro. Era la voz de una niña.
– Perdedores
todos.
Pasó un tiempo. El viento dejó a correr. Todos despertaron. El tumulto se disolvió. Los que cruzaban la calle,
cruzaron la calle. Los que iban al mercado, caminaron al mercado. Los que
esperaban en el paradero, subieron a su micro. La vida siguió su curso para todos menos para el
taxista y el muchacho. Los luchadores quedaron congelados.
Y ahí siguen,
como dos estatuas, en el medio de la Avenida El Ejército. A veces los disfrazan.
Hay chiquillos que pegan chicles en sus cuerpos. Nadie conoce sus
nombres. Ningún alcalde pagó por ellos. En silencio, alguna vez los hemos celebrado. Ojalá pronto los miremos con verguenza.
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