Sunday, July 16, 2017

La pregunta correcta de Juliancito Bailé

Llevo la música en la sangre. Desde niño supe cómo bailar. Nunca tuvieron que enseñarme. Sospecho que lo aprendí en la barriga de mi madre con el compás de sus latidos. Antes de hablar bien, bailé bien, y hasta hoy, a mis ochenta y dos años, solo tengo que escuchar una canción de salsa para que mis huesos cansados regresen a los salsódromos y timbales que me consagraron como el gran Julián Bailé

Cuando salgo a la calle, los del barrio me saludan con respeto, agachando la cabeza. Con mi bastón, hago un golpecito en el piso y les regalo algún juego de pies. Viví de la salsa y espero morir arrullado por su dulzura de la mano de mi mujer hermosa.

Mi mulata tenía el mejor ritmo de todas. Me enamoré de ella porque nunca la vi mirar al piso al bailar, y hasta cerraba los ojos para hacerme creer que yo la llevaba (los dos sabemos bien que siempre fue ella la que marcó el ritmo, del baile, y de la vida, que finalmente son la misma cosa). Tuvimos tres hijos felices y con ritmo. Todos bailaban bien. En nuestras reuniones familiares habrá faltado el pan, pero nunca la música.

Mi último hijo se casó con una gringa sonriente pero tiesa como un pedazo de madera. Para mí que de niña le hicieron desayunar leche con cemento. Nunca me quedará claro si él la escogió para llevarme la contra, pero su decisión generó una catástrofe en el árbol genealógico de los Bailé: nació de nuestra sangre un niño sin ritmo.

Mi nieto Juliancito nunca tuvo ritmo ni en la lengua ni en los pies. Salió tartamudo y hasta se tropezaba caminando. Era voluntarioso pero torpe como él solo. Se convirtió en mi nieto favorito porque como su abuela, nunca miraba al piso. Por sus ojos firmes y su sonrisa, le agarré un cariño especial.

Siendo desarticulado, le encantaba bailar. Intenté incentivarlo con las matemáticas, pero el niño se pasaba el día entero escuchando salsa. Cuando Juliancito cumplió los cinco años le dije a mi mujer Ni modo negra, habrá que enseñarle. 

Juliancito sacudía sus huesitos de pollo como una marioneta. Parecía acalambrado. Las rodillas se le doblaban como si fuesen mantequilla y su cabeza amenazaba a caérsele del cuello. Siempre que lo veía bailar me temía que se me iba a romper en cuatro. Ay Dios mío, si no hubiera sido por su sonrisa... Su sonrisa y esos ojos que le brillaban tanto que yo les juro que un día botaron chispas. 

- Abuelito, enséñame a bailar como Julián Bailé.
- A ver pues Juliancito, a ver cómo le hacemos.

Probé de todo: videos, clases, hasta acupuntura. Amarré sus manos y pies a las mías para que me siguiera. Lo mandaba dormir escuchando salsa todas las noches y ponía pimienta en su desayuno todas las mañanas. Nada me funcionaba y solo logré que le diera gastritis :(

Mientras iba creciendo comencé a tener pesadillas. Despertaba con taquicardia cuando lo imaginaba sacando a chicas a bailar con su lengua enredada y sus pies de plomo. Una sonrisa no lo iba a salvar. 

- ¿Cómo conquista uno sin poesía y sin baile? - le pregunté a mi mulata, preocupado. - Con astucia mi negro, con astucia - me respondió, como siempre, muy tranquila y sin mirar al piso.

Un 16 de julio como hoy, Juliancito salió a bailar con su abuela. No me dejaron ir con ellos. Nunca conoceré los pormenores. Solo sé que al volver, lo único que dijeron es que había que confiar en el poder de la palabra. ¿De la palabra? - dije confundido - ¡Pero si con las palabras uno no baila!

Pues bien, a mi Juliancito nunca le han faltado las novias. Ya tiene casi cuarenta, y si sigue soltero, es porque así lo quiere. Sin ritmo y tartamudo, nunca recibe una negativa, ni de la más guapa, ni de la más bailarina. El muchacho simple y sencillamente aprendió que uno tiene que saber preguntar bien y nunca mirar al piso:


- ¿Bailas?


¿Quién no baila? Esa es la historia de Juliancito Bailé que aprendió a manejar el arte de la pregunta correcta.











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