Wednesday, July 12, 2017

La Niña Pulpo



Cuentan las sirenas que una vez - tal vez por algún cromosoma fallido - nació una sirena poco o nada hermosa. En el fondo del mar todos intentaron tratarla igual, pero más al fondo, era imposible no reconocerla feita. Era más chica y más redonda que las otras. Tenía una cola extraña. No encajaba en la foto familiar y por eso siempre la mandaban a posar en la esquina.



Cucupele (así se llamaba ella) siempre supo que era poco para una sirena convencional. En su intento por ser más, estiró los brazos hasta alcanzar una gaviota volando por el aire. Lo hizo con su brazo derecho. El hecho fue revolucionario y la gaviota le dio alas para hacerse un espacio.


Fueron tantas sus ansias por estirar los brazos para resaltar que de repente no habían dos, sino cuatro, ocho brazos saliéndole del cuerpo. Se movían libremente alcanzando lo inalcanzable. Cada brazo tenía una línea de acción diferente: (1) jugar con niños, (2) ayudar a madre a bordar, (3) ordenar casa, (4)sacar mala hierba, (5) leer libro , (6) tender cama, (7) hacer origami, (8) barrer. A veces, cuando se lo pedían, podía acomodar alguna nube para dejar pasar el sol. Cucupele estaba sistematizada. Lo hacía todo bien y a tiempo. Su voluntad de hacer la hizo ser y convertirse en la sirena más inteligente de todas.


Haciéndolo todo, Cucupele se convirtió en un ser único e indispensable. Dejó de ocupar las esquinas y hasta venían peces y ballenas de otros mares a conocerla. Pasaba todo el día en el fondo, rodeada de gente, resolviéndolo todo, ayudándolos a todos. Nadie sospechaba que todas las noches, cuando todo dormían, ella salía a la orilla para redondear su cuerpo hasta hacerlo compacto como una trufa. La luna la miraba. Sus brazos cansados la envolvían. Rascándole la cabeza, esos mismos brazos la llevaban al mismo sueño de todos los días en donde se hacía menos hacendosa y más hermosa.



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