Sunday, May 28, 2017

La Carajito

Esta es la historia de La Carajito, mujer diminuta como un pulgar de voluntad impetuosa. La conocí de niño, en la esquina de mi casa, siempre parada con la frente en alto dirigiendo el tráfico imaginario de nuestra calle peatonal. Era una calle pequeña de un vecindario pequeño que aquella mujer imaginaba como una avenida transitada por camiones, buses, automóviles y quién sabe si trenes. Los dirigía a todos. Ella nos dirigía a todos, siempre al ritmo de una seguidilla de carajo, carajo, carajo.

Sus carajeos terminaron convirtiéndose en música. Ante cualquier cosa, ella respondía carajo. Si hacía buen tiempo, carajo qué buen día. Si llovía, carajo nos mojamos. Si uno la saludaba, carajo cómo pierdes el tiempo. Y si uno no lo hacía, carajo la mala educación. 

No me malinterpreten: La Carajito no era una mujer amargada. Sus carajos no eran quejas o ataques. De hecho, su voz tenía un toque de brillo. Carajeando La Carajito navegaba la vida y se defendía de la muerte. ¿Carajo, no lo hacemos así todos?

La Carajito nació chiquita, muy chiquita, tan chiquita que su madre la podía sostener en la palma de su mano. Sin embargo, su pequeño cuerpo estaba lleno de ambiciones grandes: la Carajito, desde niña, siempre soñó con ser policía. Cuando alcanzó la edad suficiente, la pequeña llenó los papeles, tomó los exámenes médicos y cumplió con toda la burocracia necesaria para presentarse a La Policía. El oficial encargado de recibir su aplicación no tuvo mayor explicación que decir que por falta de presupuesto sería imposible confeccionarle uniforme y zapatos a su medida. Carajo, dijo la Carajito, y salió caminando desde La Policía hasta nuestra esquina. 

Se preguntarán... ¿por qué nuestra esquina? Carajo, yo qué sé.

Nadie nunca supo su edad. Sospechábamos que vivía en una caja de fósforos y que llegó a los ochenta y siete años. Todas las mañanas, antes de que el vecindario despierte, la Carajito ocupaba su lugar estratégico y nos dirigía la vida. Carajo avanza, carajo por qué vas tan rápido, carajo respeta a los demás, carajo no toques bocina, carajo qué me miras. Sus carajos le daban armonía a nuestra calle. Su presencia de pulgar, ahora ausente, nos ha dejado a todos con cuatro dedos en la mano derecha y sin rumbo.

Cuentan que el último día en que se vio a La Carajito en nuestra esquina, era un día de invierno. Se le acercó un hombre mayor. Estaba encapuchado y vestía de negro.

- Soy la Muerte - le dijo el hombre.
- Uy, mierda - respondió La Carajito.

Fue ese mismo día que nuestra calle cambió de nombre y se convirtió en la Javier Prado.


Monday, May 22, 2017

Un lunes cualquiera

- Otro día más.
- Otro día más.
- Apúrate. No tienes mucho tiempo.
- Tengo que apurarme. No tengo mucho tiempo.

Alicia mira la alarma y la escucha sonar desde su cama.

- Ayer llegaste tarde. Hoy tienes que moverte más rápido.
- Ayer llegué tardaso. Hoy tengo que moverme más rápido.
- No te olvides que es santo de tu mamá.
- Verdad. Hoy es santo de mi mamá.
- Tienes que llamarla.
- No puedo olvidarme de llamarla.
- ¿Le compraste regalo?
- Carajo. Me olvidé de comprarle un regalo.
- Hoy no te dará tiempo.
- Y ahora cómo me hago el tiempo.
- Tienes que mandar ese mail.
- El mail, verdad. Hoy si no me olvido.
- ¿Por qué te da tanta flojera? Es solo un mail.
- Es solo un mail. No sé por qué me da tanta flojera.
- ¿Qué le vas a regalar?
- ¿Y si solo le compro unas flores?
- Predecible.
- Medio misio, ¿no?
- No vas a poder. 
- Tengo que encontrar el tiempo. Tal vez si... Antes de que vaya a...
- Tu refri está vacía.
- No tengo nada en la refri. Y ahora qué desayuno.
- ¿En serio le vas a comprar flores?
- Sí, flores, una tarjeta y punto.
- Eres un desastre.
- Ya cállate.

ALICIA salta de la cama y apaga la alarma queriendo que ese botón pudiera apagar más que solo esa alarma.

Sunday, May 14, 2017

Llaves

- Quiero encontrar el amor, dijo la chica.
- Todo tiene un precio, respondió la bruja.
- ¿Cuánto me cuesta el amor?
- Perderás las llaves.

Y después de eso, no volvió a decir más. Se despidió de mí con un movimiento de cabeza, metió la plata que le di a su bolsillo y se metió detrás de una cortina de flores lilas y turquesas. Me quedé sola en ese pequeño cuarto tan oscuro y pequeño como una caja de zapatos. Al salir, la luz parecía más intensa de lo normal y era tan clara que ridiculizaba todo lo que acababa de ocurrir. Lo místico del incienzo, las velas y los santitos parecía un sueño que se esfumaba detrás de la calle, la gente, las bocinas, los puestos de periódico y la basura. La realidad me envolvió y olvidé por completo a la bruja y sus predicciones.

Iba camino a casa. Me puse los audífonos para recorrer esa ciudad abrumadora con cierta distancia. Cuando llegué a mi puerta metí la mano en el bolsillo de mi mochila. Moví los dedos y los hice caminar de un lado al otro buscando mis llaves. No estaban. Tampoco en los bolsillos de mi pantalón. Debí haber dejado las llaves adentro de mi casa. No desesperé porque tenía una copia de esas llaves en mi carro. Caminé a la esquina para abrirlo.

Cuando llegué al carro recordé que las llaves del carro estaban dentro de mi casa (ese día había decidido salir caminando). No tenía copia de las llaves de mi carro en ningún lado. Tendría que llamar a los del seguro para que me lo abrieran. Así podría sacar la llave de repuesto de mi casa guardada en la guantera de mi carro. Con esa llave de repuesto podría recuperar la llave original de mi casa y la única llave que tengo de mi carro. Cogí el celular para hacer la llamada y el celular estaba muerto. La música había gastado toda mi batería.

Decidí caminar a casa de mis padres para usar su teléfono. Ya no tenía música para abstraerme de la ciudad así que no me quedó otra que convertirme en ella: fui el camión y el camionero, los peatones y sus celulares, la vereda y sus huecos, los taxis y su conchudez. Fui también cada una de esas golosinas que se venden en los puestos de periódicos. Finalmente llegué a casa de mis padres. Ese día cargaba con la llave de su casa en mi mochila porque había prometido regar las plantas mientras estuvieran fuera de la ciudad.

Entré al edificio y me subí en el ascensor. Cuando llegué a la puerta del segundo piso abrí el bolsillo de mi mochila y de repente las llaves saltaron desde adentro como dos ardillas. Es como si hubieran estado atentas esperando ese momento para escapar. Las llaves volaron por el aire, dieron tres volteretas y al caer, pudiendo haber caído al piso del ascensor (como caen la mayoría de las llaves), las pendejas decidieron deslizarse por la rendija del ascensor. Sí, ese diminuto vacío entre el piso del ascensor y el piso de cualquier departamento. Las escuché descender del piso cuatro hasta el tercer sótano, cada vez más lejos, y junto a ellas se alejaba de mí la posibilidad de conseguir las llaves de mi casa y las de mi carro. En mi cabeza escuché una voz que lentamente decía carajo, y ahora cómo hago para regar el helecho de mi madre.

Salí del edificio a la calle. Ya era de noche y me convertí en noche. Estaba cansada y tan sólo imaginar el silencio de mi casa y un par de pantuflas me hicieron sentirme aún más cansada. Cuando miré al piso no tenía llaves y tampoco fuerzas para buscar soluciones. ¿Y si me quedo a vivir aquí en la calle? - pensé. Frente a mí apareció una tarjeta que decía, *CERRAJERO - ATENCION 24 HORAS*. Mis pasos me llevaron a su puerta y al llegar encontré un joven afuera.

- ¿No está cerrajero?
- Soy yo.
- Necesito ayuda con urgencia.
- Yo también.
- ¿Qué necesita usted?
- Un cerrajero que me abra la puerta de mi taller. No puedo trabajar sin mis herramientas. ¿Y usted?
- Necesito que ese mismo cerrajero le abra la puerta a usted, para que saque sus herramientas, para que venga abrirme la puerta a mí, para rescatar las llaves de mi casa y las de mi carro. ¿Y tiene usted herramientas para abrir cajas de ascensores?

Nos miramos a los ojos como dos perritos mojados.

- Hace frío. Le puedo invitar un café.

Y desde ese día ni yo he vuelto a mi casa ni el cerrajero a su taller. Cuando fui a buscar a la bruja solo encontré una caja de zapatos y adentro, una nota que decía: El enamoramiento es una distracción... una bonita distracción.

Sunday, April 30, 2017

Lecciones de un caracol

Como todas las mañanas, caminé de la cama a la cocina. Sobre el repostero había un torpe y lento caracol. Me burlé de él en silencio. Tan baboso el pobrecito. No entendía nada de la vida.

Desayuné rápido y lavé los platos. Ordené un poco la cocina y luego pasé a la sala. Habían papeles y papelitos por todas partes. Tenía que ordenar: las bolsas, el polvo, los libros, la vida. Prendí el ventilador porque hacía calor pero el aire hizo volar los papeles y los papelitos. Apagué el ventilador y abrí la ventana. Paré un segundo a hacerme un café. Había polvo debajo de la cafetera. Limpié debajo de la cafetera. Ya habían pasado casi dos horas y yo seguía en piyama. Me fui a duchar. El baño no estaba lo suficientemente ordenado. Antes de ducharme, ordené un poco el baño. Me duché y lo seguí ordenando un poco más. Quería sentarme a trabajar pero no había sacado la basura. Al sacarla vi secas a las plantas del patio. Regué las plantas. Había que hablar con ellas un rato, o por lo menos, saludarlas. Conversamos de todo un poco. Ya era casi la hora de almuerzo. Mejor almorzar algo de una vez y luego sentarme a trabajar. Abrí la refrigeradora y estaba vacía. Habría que salir a comprar algunas verduras a la esquina. No me tomaría más de diez minutos y luego podría volver a la casa para comer y finalmente trabajar. Cogí mi llave, caminé a la puerta, y al abrirla apareció un hombre pequeño y azul de rostro sonriente y piernas cortas.

- Hace mucho tiempo que no me mandaban a repartir postales. ¿Es usted Valentina?

El cartero dejó en mis manos un pedazo de cartón y desapareció caminando por la calle. Frente a mí apareció la imagen de un mar, arena blanca y una piña colada con una sombrillita de papel apoyada en el borde de la copa. A la vuelta de la postal había un mensaje escrito a mano:

Ilusa.
Saludos desde Varadero,
- El caracol que pasó por tu cocina.

Pasé minutos o tal vez años mirando la postal. Finalmente, volví a entrar a mi casa. Olvidé el polvo. Envolví las paredes, las mesas, la cama, el baño, la cocina, la refrigeradora vacía, los papeles y los papelitos hasta formar un pequeño bulto. Me lo puse en la espalda, le dije adiós a las plantas y salí caminando con la intención de no regresar nunca más. Iría a paso lento. No es fácil cargar con la casa a cuestas, pero si él puede, yo también.

Sunday, April 23, 2017

Un relato poco inteligente

Desde la calle parecía una tienda normal, pero no lo era: no vendían comida, ropa, música ni flores. Tampoco era el consultorio de algún doctor. Habían muchas pantallas y gente parada mirando esas pantallas. Tenían un aire a cajeros automáticos (las pantallas y la gente).

El movimiento de índices me hizo asumir que en las pantallas se mostraba un catálogo infinito. Los compradores buscaban con ilusión y en algunos casos con lágrimas en los ojos.

¿Dónde estába? En una tienda piloto de inteligencias. 

Eran inteligencias únicas, irrepetibles y curiosas que, como decía un bigotudo con sonrisa de pantalla, dotaban a su acreedor de un aire único, irrepetible y curioso. Me impresionó ver la cantidad de personas insuficientemente únicas, irrepetibles y curiosas haciendo cola, y me puse en cola.

Las inteligencias no estaban separadas por categorías. Solo seguían un orden alfabético. Todas costaban lo mismo y uno no estaba permitido de comprar más de una con la misma identidad. Seguro algunos llevaban más de una (inteligencia e identidad).

Solo se vendían tres ejemplares de cada inteligencia con la garantía de que los acreedores de dicha inteligencia no vivirían jamás en el mismo país. Uf. Sería terrible descubrir que no eres único, irrepetible y curioso, por lo menos dentro de tu círculo.

Aquí las que rescató mi dedo índice:

Inteligencia de pelar bien alcachofas. 
Inteligencia de recordar nombres de mozos en restaurantes. 
Inteligencia de empacar sin que la ropa se arrugue. 
Inteligencia de no perder nunca un avión. 
Inteligencia de memorizar poemas.
Inteligencia de no acumular papelitos en la billetera. 
Inteligencia de comprar solo lo que necesitas. 
Inteligencia de encontrar buenas ofertas. 
Inteligencia de fingir que entiendes algún idioma que no entiendes. 
Inteligencia de inventar un idioma.
Inteligencia de hablar en el idioma de la p.
Inteligencia de mover las orejas.
Inteligencia de no manchar la ropa blanca. 
Inteligencia de terminar el café antes de que se enfríe. 
Inteligencia de no olvidar que la ropa mojada se abomba.  
Inteligencia de decirle a otro que tiene un perejil en el diente.
Inteligencia de saber elegir bien el perejil. 
Inteligencia de comprar la cantidad de perejil necesario.
Inteligencia de olvidar los malos ratos verdes. 
Inteligencia de callar. 
Inteligencia de saber qué decir en la sala de espera de un hospital.
Inteligencia de comer solo un cuadrado del chocolate grande.
Inteligencia de nunca ser demasiado grande.
Inteligencia de no creerse inteligente. 

Me hubiera gustado comprar sobre todo esa última. Lamentablemente, como no cuento con la inteligencia de nunca olvidar la billetera y tampoco con la inteligencia de volver a lugares desconocidos en los que estuve antes, nunca pude regresar y es por eso que ahora me creo lo suficientemente inteligente como para compartir este absurdo relato.

Monday, April 17, 2017

El intruso



(Foto de Matthew Pilsbury)

¿Qué me miras? Sí, tú, el que está ahí al otro lado de la sala, ¿qué crees que estás haciendo? Me miras a los ojos, sin miedo, sin duda, sin pedir licencia alguna. La gente de ahora ya no mira así. La gente de ahora ya no mira del todo. Los ojos me pasan como trenes. Todos me toman fotos, dicen mi nombre, se sorprenden al verme y aún así nadie me mira a los ojos. Nadie me mira a mí porque nadie mira a nadie. Por eso me siento tan bien aquí. Se siente bien estar de incógnita. 

Pero tú, desde que llegaste a este espacio, no has parado de mirarme a los ojos. Pensé que sería solo unos segundos pero he comenzado a temer que podría ser para siempre. No tienes una cámara de fotos. Tampoco pareces un turista. Tu mirada ha comenzado a quemarme por dentro. Me siento invadida, desnuda y muy molesta. Si pudiera voltear la cara lo haría en este instante. Qué te has creído y qué se han creído para dejarte entrar.

Te veo estático, tan estático como yo, más allá del tumulto y los trenes. Sé que lees en mis ojos lo que te estoy pidiendo. Andate, por favor. Inventa algo. Túmbate al piso. Lo haría si pudiera pero llevo demasiado tiempo en esta pared como para moverme. En cambio tú intruso, que acabas de llegar, si quieres salvarme la vida, ándate a otra sala de este palacio. Tu marco relucirá mejor en una sala vacía y tu rostro joven y apuesto se verá mejor con la luz natural que atraviesa alguna ventana. Junto a mí estarás opaco y yo me sentiré demasiado vulnerable.

Pudieron haber escogido un paisaje, un bodegón... Pudieron dejar la pared como estaba: vacía. El vacío es el mejor lugar donde descansar los ojos. ¿Por qué obligarme a mirar a un hombre a los ojos? Estoy muy vieja para enamorarme. 

Solitaria me mantengo joven. La mirada desgasta las cosas.  Ahora que has llegado a compartir este espacio conmigo me temo que comenzará mi decadencia. Si Leonardo estuviera aquí te taparía de un brochazo los ojos, atrevido.

Sunday, April 9, 2017

El escape de un romántico en una lagartija

Había estado sentado demasiado tiempo mirando un punto en la pared. No sé si fueron minutos o años pero de repente escuché en mi oído interno la voz de una mujer que me decía, el que busca encuentra Julián, el que busca encuentra. Me puse de pie y caminé hacia mi escritorio.

Abrí el cajón de la derecha. Estaba lleno de papeles. Del primero de ellos saltó la palabra *paseo*. La letra O me succionó entero: primero la cabeza, luego el cuello, absorbió mi pecho, mis caderas, mis piernas y hasta mis zapatos. De repente caí tumbado sobre el piso de madera de una habitación blanca.

Con la oreja pegada al suelo pude percibir a lo lejos una cajita roja que se abría como la boca de un pescado. De ella surgió un hilo de nylon que llegó directo a mi garganta, y amarrándose a la campanilla, me comenzó a arrastrar lentamente por el piso. Resulta absurdo, lo sé, pero juro que digo la verdad cuando les cuento que fui pescado por una cajita roja. Recuerden que todo puede suceder un domingo a las cinco de la tarde.

Mientras el hilo de nylon me arrastraba hacia la cajita sentí que mi cuerpo se hacía cuerpito, muy chiquito, muy chiquito. No había otra manera de entrar en un contenedor tan diminuto. Me hice tan pequeño como una uña. Al entrar en la caja y sentir el agua sobre mi cuerpo, me inflé como un globo. Sucedió en un segundo. Luego floté hacia arriba muy despacio y al llegar a la superficie aspiré todo el aire del mundo. 

Me tomé unos segundos para perdonarme la avaricia (respirar tanto aire), y luego nadé con mis nuevos brazos cortos y mi nuevo cuerpo englobado hasta una orilla. Sentado en la arena, pude ver al otro lado del lago una lagartija gigante sosteniendo una caña de pescar. Me miraba tranquila. Hasta creo que me soltó una sonrisa, pero podría estarlo imaginando.

La laguna estaba rodeada de árboles. El agua era muy clara. Miré en ella y más allá de mi reflejo percibí el huevo de una gallina.

(Es extraño. Siempre he sido una persona a la que le cuesta tomar acción, pero esta vez moverme me resultaba natural, sin esfuerzo, como un baile. Solo así explico que pudiera meter mi mano al agua para agarrar el huevo sumergido sin ningún asco o duda.)

Al sacar el huevo del agua noté que de su interior surgía una musiquita clásica encantadora. Pegué mi oído a la cáscara. Lo removí un poco. Lo olí. Finalmente me atreví a romperlo con el codo.

Bueno hubiera sido encontrar algún polluelo que me hiciera compañía en esta extraña aventura, pero no: del huevo saltó una llave. La llave se pegó a mi mano. Mi mano se dirigió a mi ombligo e introduciendo la llave la hizo girar tres veces a la izquierda. De repente descubrí dos cosas: siempre había tenido un cajón con llave en la barriga y los ombligos no son del todo inútiles.

Abrí el cajón y volví a encontrar ese mismo papel, con la misma palabra *paseo* y la misma O que me había succionado. Era momento de volver. Lo supe cuando escuché el sonido del timbre. Era Cecilia que venía a buscarme como todos los domingos por la noche, pasadas las cinco, porque sabía que antes me gustaba estar solo. No amaba a Cecilia pero le tenía cariño, el sexo era bastante bueno y nos reíamos mucho. 

Cuando estaba por entrar a la letra O escuché a alguien toser detrás de mí. Era la lagartija. Con esa misma naturalidad incomprensible que me hizo entrar en cajas diminutas, nadar en lagos y romper huevos acuáticos, me monté sobre ella y salimos dando saltos. El timbre sonaba cada vez más lejos. La O se iba cerrando. Cecilia dejó de existir y volví a escuchar a esa mujer que me decía el que me busca me encuentra Julián, el que me busca me encuentra. Y hacia allá voy, trepado en mi lagartija, en busca de una voz que solo existe en mi cabeza y en estas líneas.

Dirán que soy un huevón, que Cecilia es muy muy guapa, que yo no soy ningún caballero sobre su caballo y que tan solo ando trepado soñando sobre una lagartija. Estoy totalmente de acuerdo con ustedes.