Había estado sentado demasiado tiempo mirando un punto en la pared. No sé si fueron minutos o años pero de repente escuché en mi oído interno la voz de una mujer que me decía, el que busca encuentra Julián, el que busca encuentra. Me puse de pie y caminé hacia mi escritorio.
Abrí el cajón de la derecha. Estaba lleno de papeles. Del primero de ellos saltó la palabra *paseo*. La letra O me succionó entero: primero la cabeza, luego el cuello, absorbió mi pecho, mis caderas, mis piernas y hasta mis zapatos. De repente caí tumbado sobre el piso de madera de una habitación blanca.
Con la oreja pegada al suelo pude percibir a lo lejos una cajita roja que se abría como la boca de un pescado. De ella surgió un hilo de nylon que llegó directo a mi garganta, y amarrándose a la campanilla, me comenzó a arrastrar lentamente por el piso. Resulta absurdo, lo sé, pero juro que digo la verdad cuando les cuento que fui pescado por una cajita roja. Recuerden que todo puede suceder un domingo a las cinco de la tarde.
Mientras el hilo de nylon me arrastraba hacia la cajita sentí que mi cuerpo se hacía cuerpito, muy chiquito, muy chiquito. No había otra manera de entrar en un contenedor tan diminuto. Me hice tan pequeño como una uña. Al entrar en la caja y sentir el agua sobre mi cuerpo, me inflé como un globo. Sucedió en un segundo. Luego floté hacia arriba muy despacio y al llegar a la superficie aspiré todo el aire del mundo.
Me tomé unos segundos para perdonarme la avaricia (respirar tanto aire), y luego nadé con mis nuevos brazos cortos y mi nuevo cuerpo englobado hasta una orilla. Sentado en la arena, pude ver al otro lado del lago una lagartija gigante sosteniendo una caña de pescar. Me miraba tranquila. Hasta creo que me soltó una sonrisa, pero podría estarlo imaginando.
La laguna estaba rodeada de árboles. El agua era muy clara. Miré en ella y más allá de mi reflejo percibí el huevo de una gallina.
(Es extraño. Siempre he sido una persona a la que le cuesta tomar acción, pero esta vez moverme me resultaba natural, sin esfuerzo, como un baile. Solo así explico que pudiera meter mi mano al agua para agarrar el huevo sumergido sin ningún asco o duda.)
Al sacar el huevo del agua noté que de su interior surgía una musiquita clásica encantadora. Pegué mi oído a la cáscara. Lo removí un poco. Lo olí. Finalmente me atreví a romperlo con el codo.
Bueno hubiera sido encontrar algún polluelo que me hiciera compañía en esta extraña aventura, pero no: del huevo saltó una llave. La llave se pegó a mi mano. Mi mano se dirigió a mi ombligo e introduciendo la llave la hizo girar tres veces a la izquierda. De repente descubrí dos cosas: siempre había tenido un cajón con llave en la barriga y los ombligos no son del todo inútiles.
Abrí el cajón y volví a encontrar ese mismo papel, con la misma palabra *paseo* y la misma O que me había succionado. Era momento de volver. Lo supe cuando escuché el sonido del timbre. Era Cecilia que venía a buscarme como todos los domingos por la noche, pasadas las cinco, porque sabía que antes me gustaba estar solo. No amaba a Cecilia pero le tenía cariño, el sexo era bastante bueno y nos reíamos mucho.
Cuando estaba por entrar a la letra O escuché a alguien toser detrás de mí. Era la lagartija. Con esa misma naturalidad incomprensible que me hizo entrar en cajas diminutas, nadar en lagos y romper huevos acuáticos, me monté sobre ella y salimos dando saltos. El timbre sonaba cada vez más lejos. La O se iba cerrando. Cecilia dejó de existir y volví a escuchar a esa mujer que me decía el que me busca me encuentra Julián, el que me busca me encuentra. Y hacia allá voy, trepado en mi lagartija, en busca de una voz que solo existe en mi cabeza y en estas líneas.
Dirán que soy un huevón, que Cecilia es muy muy guapa, que yo no soy ningún caballero sobre su caballo y que tan solo ando trepado soñando sobre una lagartija. Estoy totalmente de acuerdo con ustedes.
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