Es domingo. Una niña se pone unos tacos y sonríe.
En la habitación de al lado, la madre saca de un baúl la muñeca de cuando era
niña y llora. Cuenta el jardinero que todos los lunes ve salir de la casa a una
muñeca de trapo en tacos.
Mi domingo a las cinco de la tarde se convirtió - entre mis veintes y mis treintas - en un símbolo. Es un espacio solitario: un vacío que aprendí a llenar conmigo y con pensamientos dispersos. Aquí rescato algunos intentos de hacer de esos pensamientos *arte*. Esto jamás será auto-ayuda. Los domingos a las cinco de la tarde no hay agendas, las calorías ya no se cuentan, el silencio es música y no hay a quién convencer. Aquí realidad y ficción se abrazan; luz y sombra bailan.
No comments:
Post a Comment