Sunday, April 30, 2017

Lecciones de un caracol

Como todas las mañanas, caminé de la cama a la cocina. Sobre el repostero había un torpe y lento caracol. Me burlé de él en silencio. Tan baboso el pobrecito. No entendía nada de la vida.

Desayuné rápido y lavé los platos. Ordené un poco la cocina y luego pasé a la sala. Habían papeles y papelitos por todas partes. Tenía que ordenar: las bolsas, el polvo, los libros, la vida. Prendí el ventilador porque hacía calor pero el aire hizo volar los papeles y los papelitos. Apagué el ventilador y abrí la ventana. Paré un segundo a hacerme un café. Había polvo debajo de la cafetera. Limpié debajo de la cafetera. Ya habían pasado casi dos horas y yo seguía en piyama. Me fui a duchar. El baño no estaba lo suficientemente ordenado. Antes de ducharme, ordené un poco el baño. Me duché y lo seguí ordenando un poco más. Quería sentarme a trabajar pero no había sacado la basura. Al sacarla vi secas a las plantas del patio. Regué las plantas. Había que hablar con ellas un rato, o por lo menos, saludarlas. Conversamos de todo un poco. Ya era casi la hora de almuerzo. Mejor almorzar algo de una vez y luego sentarme a trabajar. Abrí la refrigeradora y estaba vacía. Habría que salir a comprar algunas verduras a la esquina. No me tomaría más de diez minutos y luego podría volver a la casa para comer y finalmente trabajar. Cogí mi llave, caminé a la puerta, y al abrirla apareció un hombre pequeño y azul de rostro sonriente y piernas cortas.

- Hace mucho tiempo que no me mandaban a repartir postales. ¿Es usted Valentina?

El cartero dejó en mis manos un pedazo de cartón y desapareció caminando por la calle. Frente a mí apareció la imagen de un mar, arena blanca y una piña colada con una sombrillita de papel apoyada en el borde de la copa. A la vuelta de la postal había un mensaje escrito a mano:

Ilusa.
Saludos desde Varadero,
- El caracol que pasó por tu cocina.

Pasé minutos o tal vez años mirando la postal. Finalmente, volví a entrar a mi casa. Olvidé el polvo. Envolví las paredes, las mesas, la cama, el baño, la cocina, la refrigeradora vacía, los papeles y los papelitos hasta formar un pequeño bulto. Me lo puse en la espalda, le dije adiós a las plantas y salí caminando con la intención de no regresar nunca más. Iría a paso lento. No es fácil cargar con la casa a cuestas, pero si él puede, yo también.

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