Wednesday, August 30, 2017

Evasión

Sabía lo que necesitaba hacer. Por eso, hizo todo lo demás.

Comenzó limpiando la casa. La limpió hasta borrar letras y dejarla limpita (y no mediocremente limpiecita). Luego, perfeccionó su técnica de tender camas. Hubo que hacer más de un intento. Al terminar, le puso encima una toalla en forma de elefante bebé. Como no tenía una mascota, amarró una cuerda al cuello del elefante y lo sacó a pasear. Tomo una ruta nueva y larga. Al volver, puso agua en un platito para hidratar al elefante y se metió a la ducha. Limpió cuidadosamente todas las esquinas de su cuerpo como lo había hecho con las de su casa. Dejó escurrir unas cuantas ideas absurdas. Con el agua de ideas ahogadas sancochó alcachofas, manzanas y vainitas. Se hizo un te y le puso miel. Ordenó su refrigerador. Salió a comprar más frutas y más verduras para llenar los espacios vacíos. Al ver que no entraban en el viejo refrigerador, decidió salir a comprar uno nuevo, y como el refrigerador nuevo no estaba suficientemente lleno, salió a comprar más frutas y más verduras. En el camino recordó que en casa faltaban cosas esenciales como una pizarra de tiza, un taper para guardar palta y una manta polar.  Compró, entonces, una pizarra de tiza, un taper para guardar palta, una manta polar y dados de colores (a veces es válido dispersarse un poco). Aprovechó para visitar a su tía enferma. Le contó un cuento y se despidió de ella con un beso en la frente. Volvió a casa y dobló ropa. Le escribió a sus amigos preguntando qué harían esa tarde. Siempre supo que no quería verlos. Se compró un pasaje a La Habana. Prendió velitas. Volvió a pasear a su elefante. Se enamoró tres veces. Plantó perejil y hierba buena en su jardín. Se desenamoró dos veces y decidió sufrir un poco más por el tercero. Sancochó más alcachofas. Se volvió a bañar. Pensó en su tía enferma. Recordó el cuento. Se preparó un café. Comenzó un negocio. Limpió la pantalla de su monitor. Se paró en busca de su elefante. El pequeño elefante, escondido debajo de las sábanas, sacó la trompa y le susurró -Ni me mires. Ya no había arrugas en las sábanas. Ya no tenía amigos qué llamar. Su familia la había olvidado y su elefante había vuelto a hacerse toalla. La tienda de refrigeradoras estaba cerrada. El verdulero se había ido con la frutera. Buscó en su cabeza más cosas pero solo había vacío. Le dio miedo no ver pendientes en su lista de pendientes. Y en ese instante, cuando miraba el techo, apareció una polilla en la punta de su nariz. -¿Qué carajos esperas para ponerte a escribir?- le reclamó, molesta. Sopló la polilla. Estiró sus manos dormidas. Al tocar las teclas se rajó la fina capa de hielo que había congelado sus palabras. Salió el sol en su garganta. Cayó una lágrima y luego, una sonrisa. Suavemente, suspiró - Santa Polilla.

Sunday, July 30, 2017

Camino rojo camino

Les escribo sobre una nube desde donde puedo ver la totalidad de mi jardín y sus bordes. Vivo en un jardín de olivos. Desde el aire, el jardín se ve como una gran mancha circular de color verde atravesada por un camino rojo. 

El camino atraviesa el círculo de un lado al otro. Al llegar al borde del círculo, surge una decisión implícita: 

(1) Dejar los olivos, sus grillos, sus duendes, y poner los pies en ese otro mundo asfaltado y gris,
(2) dar media vuelta y volver a recorrer el mismo camino rojo que nunca es el mismo,
(3) caminar libremente por el espacio entre los olivos (finalmente, todo lo que uno camina es un camino rojo).

Con frecuencia elijo el 2 porque me encanta el color radiante del camino. Es un color que cambia con la hora y el clima: rojo manzana por las mañanas, rojo kola inglesa por las noches, rojo sangre en invierno. Lo que nunca cambia es su brillo. Me pregunto si en las noches silenciosas, cuando todos dormimos, bajan los duendes desde los olivos a echarle cera. 

No estoy segura si son mis ojos o si así es la realidad, (aunque en realidad, ¿existe otra realidad más allá de la que veo con mis ojos?), pero cuando paso por el camino rojo veo huellas de muchos pies distintos. No hablo de huellas imaginadas: yo veo hendiduras, huecos, raspones, marcas... camino sobre una superficie con textura por donde las bicicletas dan saltitos y mis pies tropiezan todo el tiempo. Cada paso que doy se convierte en un hueco más, complicando aún más las cosas. A veces me abrumo intentando no pisar las huellas frescas de otros, pero ya casi no quedan espacios libres. Y en ese instante, surge otra decisión implícita:

(1) Reescribir recorridos,
(2) ocupar los pasos de otros,
(3) subir a la nube y ver a otros caminar (después de un par de horas, la distancia desde las nubes es aburrida, sobre todo si es invierno).

Mi torpeza con los pies solo me permite pisar por donde puedo (1). No es fácil andar por el camino rojo. Cuando mis pies encajan en alguna huella más grande que la mía resulta bastante sencillo. No es igual que encontrar pasos estrechos para mis zapatos. Si ando distraída, tropiezo con las marcas de pisadas dudosas y entrecortadas. Hay registros de pies, de botas, de tacos, de talones y también de manos. Aparecen del subsuelo recorridos con ritmo, sin pausa, dispersos, agresivos y tristes. El camino me hace imaginar historias, desde abajo y desde las nubes.

Imagínense que he llegado a encontrar huellas que se repiten solo cada cinco metros. Seguro cuentan la historia de algún saltamontes. A veces hay pares de pisadas que me hacen preguntar si existen los conejos humanos. El otro día encontré un hueco tan grande que pudo haber sido el pie de un dinosaurio o el cuerpo de algún vagabundo dormido. Quiero soñar con haber encontrado los pasos de Ribeyro y del abuelo que nunca conocí. Cruzo los dedos por no haber puesto nunca mis pies en las marcas de algún político corrupto.

Siempre he querido memorizar las huellas en el camino, pero cada vez que doy la vuelta para regresar, la textura es otra y la historia no es la misma. El camino rojo está cambiando todo el tiempo porque el mismo tiempo al pasar deja sus propias huellas.

He encontrado huellas parecidas a las de mis padres y no dudo que he recorrido los pasos de algunos amigos. Me pregunto si alguna de mis almas gemelas y yo ya nos hemos pisado los pasos. A veces encuentro uno que otro paso mío, de cuando tuve cinco, cuando tuve quince y cuando tuve veinticinco. ¿Seguiré teniendo pies a los ochenta? 

¿Me habré cruzado con tus pasos? ¿Tú habrás pisado sobre los míos? Solo el camino rojo lo sabe. El camino y los olivos. Los olivos y su memoria. Los duendes y sus travesuras. 

Es hora de bajar de mi nube y seguir caminando. Se está poniendo nublado aquí arriba.

Sunday, July 16, 2017

La pregunta correcta de Juliancito Bailé

Llevo la música en la sangre. Desde niño supe cómo bailar. Nunca tuvieron que enseñarme. Sospecho que lo aprendí en la barriga de mi madre con el compás de sus latidos. Antes de hablar bien, bailé bien, y hasta hoy, a mis ochenta y dos años, solo tengo que escuchar una canción de salsa para que mis huesos cansados regresen a los salsódromos y timbales que me consagraron como el gran Julián Bailé

Cuando salgo a la calle, los del barrio me saludan con respeto, agachando la cabeza. Con mi bastón, hago un golpecito en el piso y les regalo algún juego de pies. Viví de la salsa y espero morir arrullado por su dulzura de la mano de mi mujer hermosa.

Mi mulata tenía el mejor ritmo de todas. Me enamoré de ella porque nunca la vi mirar al piso al bailar, y hasta cerraba los ojos para hacerme creer que yo la llevaba (los dos sabemos bien que siempre fue ella la que marcó el ritmo, del baile, y de la vida, que finalmente son la misma cosa). Tuvimos tres hijos felices y con ritmo. Todos bailaban bien. En nuestras reuniones familiares habrá faltado el pan, pero nunca la música.

Mi último hijo se casó con una gringa sonriente pero tiesa como un pedazo de madera. Para mí que de niña le hicieron desayunar leche con cemento. Nunca me quedará claro si él la escogió para llevarme la contra, pero su decisión generó una catástrofe en el árbol genealógico de los Bailé: nació de nuestra sangre un niño sin ritmo.

Mi nieto Juliancito nunca tuvo ritmo ni en la lengua ni en los pies. Salió tartamudo y hasta se tropezaba caminando. Era voluntarioso pero torpe como él solo. Se convirtió en mi nieto favorito porque como su abuela, nunca miraba al piso. Por sus ojos firmes y su sonrisa, le agarré un cariño especial.

Siendo desarticulado, le encantaba bailar. Intenté incentivarlo con las matemáticas, pero el niño se pasaba el día entero escuchando salsa. Cuando Juliancito cumplió los cinco años le dije a mi mujer Ni modo negra, habrá que enseñarle. 

Juliancito sacudía sus huesitos de pollo como una marioneta. Parecía acalambrado. Las rodillas se le doblaban como si fuesen mantequilla y su cabeza amenazaba a caérsele del cuello. Siempre que lo veía bailar me temía que se me iba a romper en cuatro. Ay Dios mío, si no hubiera sido por su sonrisa... Su sonrisa y esos ojos que le brillaban tanto que yo les juro que un día botaron chispas. 

- Abuelito, enséñame a bailar como Julián Bailé.
- A ver pues Juliancito, a ver cómo le hacemos.

Probé de todo: videos, clases, hasta acupuntura. Amarré sus manos y pies a las mías para que me siguiera. Lo mandaba dormir escuchando salsa todas las noches y ponía pimienta en su desayuno todas las mañanas. Nada me funcionaba y solo logré que le diera gastritis :(

Mientras iba creciendo comencé a tener pesadillas. Despertaba con taquicardia cuando lo imaginaba sacando a chicas a bailar con su lengua enredada y sus pies de plomo. Una sonrisa no lo iba a salvar. 

- ¿Cómo conquista uno sin poesía y sin baile? - le pregunté a mi mulata, preocupado. - Con astucia mi negro, con astucia - me respondió, como siempre, muy tranquila y sin mirar al piso.

Un 16 de julio como hoy, Juliancito salió a bailar con su abuela. No me dejaron ir con ellos. Nunca conoceré los pormenores. Solo sé que al volver, lo único que dijeron es que había que confiar en el poder de la palabra. ¿De la palabra? - dije confundido - ¡Pero si con las palabras uno no baila!

Pues bien, a mi Juliancito nunca le han faltado las novias. Ya tiene casi cuarenta, y si sigue soltero, es porque así lo quiere. Sin ritmo y tartamudo, nunca recibe una negativa, ni de la más guapa, ni de la más bailarina. El muchacho simple y sencillamente aprendió que uno tiene que saber preguntar bien y nunca mirar al piso:


- ¿Bailas?


¿Quién no baila? Esa es la historia de Juliancito Bailé que aprendió a manejar el arte de la pregunta correcta.











Wednesday, July 12, 2017

La Niña Pulpo



Cuentan las sirenas que una vez - tal vez por algún cromosoma fallido - nació una sirena poco o nada hermosa. En el fondo del mar todos intentaron tratarla igual, pero más al fondo, era imposible no reconocerla feita. Era más chica y más redonda que las otras. Tenía una cola extraña. No encajaba en la foto familiar y por eso siempre la mandaban a posar en la esquina.



Cucupele (así se llamaba ella) siempre supo que era poco para una sirena convencional. En su intento por ser más, estiró los brazos hasta alcanzar una gaviota volando por el aire. Lo hizo con su brazo derecho. El hecho fue revolucionario y la gaviota le dio alas para hacerse un espacio.


Fueron tantas sus ansias por estirar los brazos para resaltar que de repente no habían dos, sino cuatro, ocho brazos saliéndole del cuerpo. Se movían libremente alcanzando lo inalcanzable. Cada brazo tenía una línea de acción diferente: (1) jugar con niños, (2) ayudar a madre a bordar, (3) ordenar casa, (4)sacar mala hierba, (5) leer libro , (6) tender cama, (7) hacer origami, (8) barrer. A veces, cuando se lo pedían, podía acomodar alguna nube para dejar pasar el sol. Cucupele estaba sistematizada. Lo hacía todo bien y a tiempo. Su voluntad de hacer la hizo ser y convertirse en la sirena más inteligente de todas.


Haciéndolo todo, Cucupele se convirtió en un ser único e indispensable. Dejó de ocupar las esquinas y hasta venían peces y ballenas de otros mares a conocerla. Pasaba todo el día en el fondo, rodeada de gente, resolviéndolo todo, ayudándolos a todos. Nadie sospechaba que todas las noches, cuando todo dormían, ella salía a la orilla para redondear su cuerpo hasta hacerlo compacto como una trufa. La luna la miraba. Sus brazos cansados la envolvían. Rascándole la cabeza, esos mismos brazos la llevaban al mismo sueño de todos los días en donde se hacía menos hacendosa y más hermosa.



Sunday, July 2, 2017

Deriva

Escribo sin saber sobre qué quiero escribir, confiando en que las palabras me llevarán a algún lado, como las ciudades lo llevan a uno de la mano cuando decidimos perdernos. Derivo por demasiadas imágenes vividas en las últimas semanas: hospitales, marchas, obras de teatro, películas, flores frescas, un camino rojo, mi bolsillo. Veo tantas ventanitas que me dan luz a posibles historias que en realidad no veo ninguna. Quiero escribir sobre alguien que habla de lo que no conoce, sobre una mujer que abriga sus paltas para madurarlas, sobre mi padre y también sobre dos chicos que solo se hablan bailando. Quiero contarles una historia que sea real y mentira, como todas las otras que he escrito. Quiero divertirlos, acompañarlos y hacerle honor a mi domingo a las cinco de la tarde. Quiero ser leal a la promesa de escribir y sigo derivando sin sentido. ¿Me escuchan? Yo puedo escucharlos, puedo imaginarlos, puedo olerlos. He prometido no borrar una sola palabra. Acabo de hacerme esa promesa, tal y como un caminante promete no retroceder. Deséenme suerte y les prometo que este sin-sentido terminará pronto, tan pronto como sean las 5:01 de la tarde. Nos vemos el próximo domingo porque les he prometido estar, y así sea con la cabeza llena y vacía, aquí sigo.

Sunday, June 25, 2017

Mamá Olla

En cuarenta y tres países distintos, cuarenta y tres personas distintas abrieron una misma carta. Sucedió para todos en un mismo instante. La carta estaba escrita a mano. Todos reconocieron la  letra de Mamá Olla:

Querido hijo,
Sé que te hice prometer que no me buscarías más, pero la muerte me ha pedido que rompa mi promesa. Estoy en casa. Tengo algo que contarte. Ven pronto.
- Mamá Olla

Los ochenta y seis ojos de tres policías, nueve abogados, cinco artistas, un payaso, seis contadores, tres peluqueros, dos arquitectos, cinco panaderos, una socióloga y ocho bailarines leyeron la mismas palabras. Ninguno dudó ni un segundo en dejar lo que estaba haciendo para ir a verla. Viajaron desde todos lados. El que estaba más cerca caminó cinco cuadras. El de más lejos voló desde Groenlandia. Tres días después, estaban todos de pie junto a la puerta de la casa donde habían crecido. Era la casa de Mamá Olla.

Los había recogido de la calle cuando de muy chiquitos. Los educó, los bañó con sus propias manos, les dio de comer, les enseñó a escribir y se encargó de que cada uno memorizara las capitales de todos los países del mundo. Les hizo prometer que viajarían, y al cumplir los quince años, cada uno tenía que partir para hacer de la calle su propia casa. 

Parados junto a la puerta, muchos reconocieron sus caras. Algunos se saludaron con abrazos y otros tan solo levantaron la mano con un gesto cortés. Y mientras se reconocían, se abrió la puerta y un mayordomo de huesos largos los hizo pasar.

Caminaron en fila hasta el gran salón de juegos. Aún se escuchaba el eco de risas de niños. Sobre la mecedora desde donde Mamá Olla los veía jugar, descansaba un cuerpo delgado, huesudo y gris.

¿Adónde estaba el cuerpo regordete, los cachetitos rosados y la risa inmensa de Mamá Olla? ¿Por qué ya no tejía? ¿Por qué ya no les cantaba? Solo pudieron reconocerla por el pelo: el color rojo cobrizo de su cabeza seguía intacto. Tenía el mismo peinado de siempre: un moño perfectamente enroscado. 

De los cuarenta y tres rostros cayó una lágrima. Sucedió para todos en un mismo instante. Cuarenta y tres lágrimas se juntaron en el piso y formando un pequeño río, salieron del salón, hacia el jardín, para regar una flor.

Luego de un largo silencio, Mamá Olla levantó la cabeza. Miró a cada uno a los ojos. Miró a los cuarenta y tres y saludó a cada uno por su nombre. Al terminar, con la mano derecha, deslizó su pelo. Con la aparición de una cabeza calva, apareció también, el rostro de un hombre anciano.

El río de lágrimas volvió desde la flor, por el piso del salón, a los ojos de cada uno de los hijos de Mamá Olla. Los cuarenta y tres abrieron la boca por la sorpresa. Sucedió para todos en un mismo instante. 

- Ya conocían a su madre. Ahora conocen a su padre - les dijo antes de despedirse. Sus cuarenta y tres hijos caminaron hacia la silla y la abrazaron con tal fuerza que los huesos de ella y de todos se retorcieron. Y fue así como nació la primera montaña de todas las montañas del mundo.



Sunday, June 11, 2017

106 Fragmentos

El lugar preferido de Armando era su taller: un espacio grande, de techos altos, lleno de bustos de personas que él creía conocer. Habían cientos de rostros. Sus preferidos eran los de su padre y su madre, algunos maestros escultores, sus tres novias favoritas, su mejor amigo, su perro y su hermana menor. También tenía pequeñas esculturas sin terminar de su propio rostro. Todas las mañanas, seguía el mismo ritual: se ponía una bata azul de felpa sobre la piyama, pasaba por la cocina para prepararse una taza de café muy caliente, bajaba las escaleras al sótano y abría la puerta de su taller. Con una franela muy delgada, removía el polvo, uno por uno, de los ciento seis personajes estáticos que él había esculpido. Armando los observaba con cuidado, disfrutando de la inmovilidad y perfección de cada uno. Creía conocerlos tanto que podía imaginarlos con los ojos cerrados.

Rodeado de tantos rostros, Armando, vivía solo, muy lejos de la ciudad, debajo de las montañas, allá donde solo suenan ramas de los árboles cuando hay viento. Sabía poco de la vida de su familia y de sus amigos. Sabía nada de sí mismo.

Una noche de luna llena tuvo una pesadilla terrible: estaba en su taller, limpiando el rostro de su madre cuando percibió que ella comenzaba a rajarse. Volteó desconcertado a ver al de su padre, y él ya había perdido un ojo. Sus maestros se estaban partiendo desde la cabeza y comenzaban a confundirse con el rostro de su perro. El perro ya no tenía cola y de su mejor amigo solo quedaban las orejas. Las tres novias no eran más que cavidades con boca y su hermana menor había desaparecido por completo. Todo estaba temblando. Los rostros se  quebraban y desfiguraban cada vez más. El escultor ya no podía reconocer ninguna de sus esculturas. Intentó recoger los pedazos, pegarlos como sea para recomponerlos, pero era imposible controlar tanto desborde. Armando se sintió perdido mientras observaba cómo su mundo se desarmaba.

Cuando despertó estaba agitado. Era más temprano de lo normal. Aún así, se puso la bata, hizo café, bajó al sótano, buscando encontrar  calma en el orden de su ritual. Cuando se acercó a la puerta se quedó helado. Escuchó ruidos. Algo se estaba moviendo allá adentro. Sonaban risas de niños.

Al abrir la puerta encontró, en lugar de cada uno de los rostros, un niño. Ciento seis niños jugando en su taller. El suelo estaba lleno de pedacitos de arcilla y color. Los niños jugaban con los pedazos de sus propias caras: los mordían, los tiraban al aire, los reorganizaban formando flores o los separaban por colores. Había movimiento por todos lados. La madre de Armando era una pequeña de pelo rojo que tenía hipo. Estaba jugando con una de sus novias a las chapadas. Vio a su padre sacarse los mocos y limpiarse la mano en un pantalocito azul marino y su mejor amigo no paraba de perseguir hormigas. Las otras dos novias peleaban por una muñeca y su mejor amigo miraba arriba buscando la luna. El también tenía hipo. Su hermana menor era tenía un tic en el ojo izquierdo y no paraba de cantar. Su perro era ahora un gato y su taller parecía un jardín de desorden, caos y vida que no podía comprender ni controlar. Todo era nuevo. Todos eran nuevos. 

Armando, desconcertado, miró sus manos que algún día habían estado resecas por la arcilla. Hoy eran pequeñas, frágiles, tersas y blanquitas. Le dio hipo.

Ese fue el día en que Armando se hizo adulto.