El lugar preferido de Armando era su taller: un espacio grande, de techos altos, lleno de bustos de personas que él creía conocer. Habían cientos de rostros. Sus preferidos eran los de su padre y su madre, algunos maestros escultores, sus tres novias favoritas, su mejor amigo, su perro y su hermana menor. También tenía pequeñas esculturas sin terminar de su propio rostro. Todas las mañanas, seguía el mismo ritual: se ponía una bata azul de felpa sobre la piyama, pasaba por la cocina para prepararse una taza de café muy caliente, bajaba las escaleras al sótano y abría la puerta de su taller. Con una franela muy delgada, removía el polvo, uno por uno, de los ciento seis personajes estáticos que él había esculpido. Armando los observaba con cuidado, disfrutando de la inmovilidad y perfección de cada uno. Creía conocerlos tanto que podía imaginarlos con los ojos cerrados.
Rodeado de tantos rostros, Armando, vivía solo, muy lejos de la ciudad, debajo de las montañas, allá donde solo suenan ramas de los árboles cuando hay viento. Sabía poco de la vida de su familia y de sus amigos. Sabía nada de sí mismo.
Una noche de luna llena tuvo una pesadilla terrible: estaba en su taller, limpiando el rostro de su madre cuando percibió que ella comenzaba a rajarse. Volteó desconcertado a ver al de su padre, y él ya había perdido un ojo. Sus maestros se estaban partiendo desde la cabeza y comenzaban a confundirse con el rostro de su perro. El perro ya no tenía cola y de su mejor amigo solo quedaban las orejas. Las tres novias no eran más que cavidades con boca y su hermana menor había desaparecido por completo. Todo estaba temblando. Los rostros se quebraban y desfiguraban cada vez más. El escultor ya no podía reconocer ninguna de sus esculturas. Intentó recoger los pedazos, pegarlos como sea para recomponerlos, pero era imposible controlar tanto desborde. Armando se sintió perdido mientras observaba cómo su mundo se desarmaba.
Cuando despertó estaba agitado. Era más temprano de lo normal. Aún así, se puso la bata, hizo café, bajó al sótano, buscando encontrar calma en el orden de su ritual. Cuando se acercó a la puerta se quedó helado. Escuchó ruidos. Algo se estaba moviendo allá adentro. Sonaban risas de niños.
Al abrir la puerta encontró, en lugar de cada uno de los rostros, un niño. Ciento seis niños jugando en su taller. El suelo estaba lleno de pedacitos de arcilla y color. Los niños jugaban con los pedazos de sus propias caras: los mordían, los tiraban al aire, los reorganizaban formando flores o los separaban por colores. Había movimiento por todos lados. La madre de Armando era una pequeña de pelo rojo que tenía hipo. Estaba jugando con una de sus novias a las chapadas. Vio a su padre sacarse los mocos y limpiarse la mano en un pantalocito azul marino y su mejor amigo no paraba de perseguir hormigas. Las otras dos novias peleaban por una muñeca y su mejor amigo miraba arriba buscando la luna. El también tenía hipo. Su hermana menor era tenía un tic en el ojo izquierdo y no paraba de cantar. Su perro era ahora un gato y su taller parecía un jardín de desorden, caos y vida que no podía comprender ni controlar. Todo era nuevo. Todos eran nuevos.
Armando, desconcertado, miró sus manos que algún día habían estado resecas por la arcilla. Hoy eran pequeñas, frágiles, tersas y blanquitas. Le dio hipo.

Pense en un corto con esto... podria ser incluso el tema de un video-clip :)
ReplyDeleteo el tema de nuestras vidas y nuestras relaciones !
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