Y marchamos todos, en fila india,
dibujando un elefante con nuestro recorrido.
Marchamos sin pelos en la lengua,
con gargantas abiertas y ojos cerrados
cantando himnos tragi-cómicos con nuestras manos
(nuestro andar, como siempre, se mantuvo silencioso).
Marchamos los de manías pequeñas como cerrar cajones,
estirar alfombras, recoger pelusas.
Marchamos los de grandes ambiciones como aprender a amar,
llegar a la luna, salvar el mundo.
Marchamos los de cuerpos grandes y pies pequeños,
los que llevamos el corazón en las manos,
los que decimos hincapié, correveidile y paralelepípedo,
y marchamos también los de palabras simples y punto.
Nuestros corazones marcharon por sí mismos,
y junto a ellos, un grupo de niños.
Marchamos en retroceso,
mirando hacia adelante,
y no nos pisamos los talones.
Marchamos cantando, silbando, golpeando ollas
soltando hipos y saltando.
Marchamos porque quisimos marchar.
Marchamos para hacernos espacio.
Marchamos para desadaptarnos un poco más.
Le marchamos a la normalidad que amenazó nuestros sueños.
Marchamos con miedo a morir congelados,
congelados y muy aburridos.
Marchamos los pequeños héroes fracasados,
los soñadores, los abatidos y los poetas
con nuestras mascotas
y llevamos bolsitas para su caca.
Marchamos molestos y felices
hasta el amanecer,
y nos metimos al mar.
Marchamos para dejarle a la ciudad
un legado:
una calle en forma de elefante.
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