Sunday, May 14, 2017

Llaves

- Quiero encontrar el amor, dijo la chica.
- Todo tiene un precio, respondió la bruja.
- ¿Cuánto me cuesta el amor?
- Perderás las llaves.

Y después de eso, no volvió a decir más. Se despidió de mí con un movimiento de cabeza, metió la plata que le di a su bolsillo y se metió detrás de una cortina de flores lilas y turquesas. Me quedé sola en ese pequeño cuarto tan oscuro y pequeño como una caja de zapatos. Al salir, la luz parecía más intensa de lo normal y era tan clara que ridiculizaba todo lo que acababa de ocurrir. Lo místico del incienzo, las velas y los santitos parecía un sueño que se esfumaba detrás de la calle, la gente, las bocinas, los puestos de periódico y la basura. La realidad me envolvió y olvidé por completo a la bruja y sus predicciones.

Iba camino a casa. Me puse los audífonos para recorrer esa ciudad abrumadora con cierta distancia. Cuando llegué a mi puerta metí la mano en el bolsillo de mi mochila. Moví los dedos y los hice caminar de un lado al otro buscando mis llaves. No estaban. Tampoco en los bolsillos de mi pantalón. Debí haber dejado las llaves adentro de mi casa. No desesperé porque tenía una copia de esas llaves en mi carro. Caminé a la esquina para abrirlo.

Cuando llegué al carro recordé que las llaves del carro estaban dentro de mi casa (ese día había decidido salir caminando). No tenía copia de las llaves de mi carro en ningún lado. Tendría que llamar a los del seguro para que me lo abrieran. Así podría sacar la llave de repuesto de mi casa guardada en la guantera de mi carro. Con esa llave de repuesto podría recuperar la llave original de mi casa y la única llave que tengo de mi carro. Cogí el celular para hacer la llamada y el celular estaba muerto. La música había gastado toda mi batería.

Decidí caminar a casa de mis padres para usar su teléfono. Ya no tenía música para abstraerme de la ciudad así que no me quedó otra que convertirme en ella: fui el camión y el camionero, los peatones y sus celulares, la vereda y sus huecos, los taxis y su conchudez. Fui también cada una de esas golosinas que se venden en los puestos de periódicos. Finalmente llegué a casa de mis padres. Ese día cargaba con la llave de su casa en mi mochila porque había prometido regar las plantas mientras estuvieran fuera de la ciudad.

Entré al edificio y me subí en el ascensor. Cuando llegué a la puerta del segundo piso abrí el bolsillo de mi mochila y de repente las llaves saltaron desde adentro como dos ardillas. Es como si hubieran estado atentas esperando ese momento para escapar. Las llaves volaron por el aire, dieron tres volteretas y al caer, pudiendo haber caído al piso del ascensor (como caen la mayoría de las llaves), las pendejas decidieron deslizarse por la rendija del ascensor. Sí, ese diminuto vacío entre el piso del ascensor y el piso de cualquier departamento. Las escuché descender del piso cuatro hasta el tercer sótano, cada vez más lejos, y junto a ellas se alejaba de mí la posibilidad de conseguir las llaves de mi casa y las de mi carro. En mi cabeza escuché una voz que lentamente decía carajo, y ahora cómo hago para regar el helecho de mi madre.

Salí del edificio a la calle. Ya era de noche y me convertí en noche. Estaba cansada y tan sólo imaginar el silencio de mi casa y un par de pantuflas me hicieron sentirme aún más cansada. Cuando miré al piso no tenía llaves y tampoco fuerzas para buscar soluciones. ¿Y si me quedo a vivir aquí en la calle? - pensé. Frente a mí apareció una tarjeta que decía, *CERRAJERO - ATENCION 24 HORAS*. Mis pasos me llevaron a su puerta y al llegar encontré un joven afuera.

- ¿No está cerrajero?
- Soy yo.
- Necesito ayuda con urgencia.
- Yo también.
- ¿Qué necesita usted?
- Un cerrajero que me abra la puerta de mi taller. No puedo trabajar sin mis herramientas. ¿Y usted?
- Necesito que ese mismo cerrajero le abra la puerta a usted, para que saque sus herramientas, para que venga abrirme la puerta a mí, para rescatar las llaves de mi casa y las de mi carro. ¿Y tiene usted herramientas para abrir cajas de ascensores?

Nos miramos a los ojos como dos perritos mojados.

- Hace frío. Le puedo invitar un café.

Y desde ese día ni yo he vuelto a mi casa ni el cerrajero a su taller. Cuando fui a buscar a la bruja solo encontré una caja de zapatos y adentro, una nota que decía: El enamoramiento es una distracción... una bonita distracción.

2 comments:

  1. Jaja excelente ! Especialmente el detalle del cerrajero que necesita un cerrajero :))

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  2. lindo relato, angie. cuando quieras dame una copia de las llaves de tu casa :)

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