Les escribo sobre una nube desde donde puedo ver la totalidad de mi jardín y sus bordes. Vivo en un jardín de olivos. Desde el aire, el jardín se ve como una gran mancha circular de color verde atravesada por un camino rojo.
El camino atraviesa el círculo de un lado al otro. Al llegar al borde del círculo, surge una decisión implícita:
(1) Dejar los olivos, sus grillos, sus duendes, y poner los pies en ese otro mundo asfaltado y gris,
(2) dar media vuelta y volver a recorrer el mismo camino rojo que nunca es el mismo,
(3) caminar libremente por el espacio entre los olivos (finalmente, todo lo que uno camina es un camino rojo).
Con frecuencia elijo el 2 porque me encanta el color radiante del camino. Es un color que cambia con la hora y el clima: rojo manzana por las mañanas, rojo kola inglesa por las noches, rojo sangre en invierno. Lo que nunca cambia es su brillo. Me pregunto si en las noches silenciosas, cuando todos dormimos, bajan los duendes desde los olivos a echarle cera.
No estoy segura si son mis ojos o si así es la realidad, (aunque en realidad, ¿existe otra realidad más allá de la que veo con mis ojos?), pero cuando paso por el camino rojo veo huellas de muchos pies distintos. No hablo de huellas imaginadas: yo veo hendiduras, huecos, raspones, marcas... camino sobre una superficie con textura por donde las bicicletas dan saltitos y mis pies tropiezan todo el tiempo. Cada paso que doy se convierte en un hueco más, complicando aún más las cosas. A veces me abrumo intentando no pisar las huellas frescas de otros, pero ya casi no quedan espacios libres. Y en ese instante, surge otra decisión implícita:
(1) Reescribir recorridos,
(2) ocupar los pasos de otros,
(3) subir a la nube y ver a otros caminar (después de un par de horas, la distancia desde las nubes es aburrida, sobre todo si es invierno).
Mi torpeza con los pies solo me permite pisar por donde puedo (1). No es fácil andar por el camino rojo. Cuando mis pies encajan en alguna huella más grande que la mía resulta bastante sencillo. No es igual que encontrar pasos estrechos para mis zapatos. Si ando distraída, tropiezo con las marcas de pisadas dudosas y entrecortadas. Hay registros de pies, de botas, de tacos, de talones y también de manos. Aparecen del subsuelo recorridos con ritmo, sin pausa, dispersos, agresivos y tristes. El camino me hace imaginar historias, desde abajo y desde las nubes.
Imagínense que he llegado a encontrar huellas que se repiten solo cada cinco metros. Seguro cuentan la historia de algún saltamontes. A veces hay pares de pisadas que me hacen preguntar si existen los conejos humanos. El otro día encontré un hueco tan grande que pudo haber sido el pie de un dinosaurio o el cuerpo de algún vagabundo dormido. Quiero soñar con haber encontrado los pasos de Ribeyro y del abuelo que nunca conocí. Cruzo los dedos por no haber puesto nunca mis pies en las marcas de algún político corrupto.
Siempre he querido memorizar las huellas en el camino, pero cada vez que doy la vuelta para regresar, la textura es otra y la historia no es la misma. El camino rojo está cambiando todo el tiempo porque el mismo tiempo al pasar deja sus propias huellas.
Imagínense que he llegado a encontrar huellas que se repiten solo cada cinco metros. Seguro cuentan la historia de algún saltamontes. A veces hay pares de pisadas que me hacen preguntar si existen los conejos humanos. El otro día encontré un hueco tan grande que pudo haber sido el pie de un dinosaurio o el cuerpo de algún vagabundo dormido. Quiero soñar con haber encontrado los pasos de Ribeyro y del abuelo que nunca conocí. Cruzo los dedos por no haber puesto nunca mis pies en las marcas de algún político corrupto.
Siempre he querido memorizar las huellas en el camino, pero cada vez que doy la vuelta para regresar, la textura es otra y la historia no es la misma. El camino rojo está cambiando todo el tiempo porque el mismo tiempo al pasar deja sus propias huellas.
He encontrado huellas parecidas a las de mis padres y no dudo que he recorrido los pasos de algunos amigos. Me pregunto si alguna de mis almas gemelas y yo ya nos hemos pisado los pasos. A veces encuentro uno que otro paso mío, de cuando tuve cinco, cuando tuve quince y cuando tuve veinticinco. ¿Seguiré teniendo pies a los ochenta?
¿Me habré cruzado con tus pasos? ¿Tú habrás pisado sobre los míos? Solo el camino rojo lo sabe. El camino y los olivos. Los olivos y su memoria. Los duendes y sus travesuras.
Es hora de bajar de mi nube y seguir caminando. Se está poniendo nublado aquí arriba.