Sunday, July 30, 2017

Camino rojo camino

Les escribo sobre una nube desde donde puedo ver la totalidad de mi jardín y sus bordes. Vivo en un jardín de olivos. Desde el aire, el jardín se ve como una gran mancha circular de color verde atravesada por un camino rojo. 

El camino atraviesa el círculo de un lado al otro. Al llegar al borde del círculo, surge una decisión implícita: 

(1) Dejar los olivos, sus grillos, sus duendes, y poner los pies en ese otro mundo asfaltado y gris,
(2) dar media vuelta y volver a recorrer el mismo camino rojo que nunca es el mismo,
(3) caminar libremente por el espacio entre los olivos (finalmente, todo lo que uno camina es un camino rojo).

Con frecuencia elijo el 2 porque me encanta el color radiante del camino. Es un color que cambia con la hora y el clima: rojo manzana por las mañanas, rojo kola inglesa por las noches, rojo sangre en invierno. Lo que nunca cambia es su brillo. Me pregunto si en las noches silenciosas, cuando todos dormimos, bajan los duendes desde los olivos a echarle cera. 

No estoy segura si son mis ojos o si así es la realidad, (aunque en realidad, ¿existe otra realidad más allá de la que veo con mis ojos?), pero cuando paso por el camino rojo veo huellas de muchos pies distintos. No hablo de huellas imaginadas: yo veo hendiduras, huecos, raspones, marcas... camino sobre una superficie con textura por donde las bicicletas dan saltitos y mis pies tropiezan todo el tiempo. Cada paso que doy se convierte en un hueco más, complicando aún más las cosas. A veces me abrumo intentando no pisar las huellas frescas de otros, pero ya casi no quedan espacios libres. Y en ese instante, surge otra decisión implícita:

(1) Reescribir recorridos,
(2) ocupar los pasos de otros,
(3) subir a la nube y ver a otros caminar (después de un par de horas, la distancia desde las nubes es aburrida, sobre todo si es invierno).

Mi torpeza con los pies solo me permite pisar por donde puedo (1). No es fácil andar por el camino rojo. Cuando mis pies encajan en alguna huella más grande que la mía resulta bastante sencillo. No es igual que encontrar pasos estrechos para mis zapatos. Si ando distraída, tropiezo con las marcas de pisadas dudosas y entrecortadas. Hay registros de pies, de botas, de tacos, de talones y también de manos. Aparecen del subsuelo recorridos con ritmo, sin pausa, dispersos, agresivos y tristes. El camino me hace imaginar historias, desde abajo y desde las nubes.

Imagínense que he llegado a encontrar huellas que se repiten solo cada cinco metros. Seguro cuentan la historia de algún saltamontes. A veces hay pares de pisadas que me hacen preguntar si existen los conejos humanos. El otro día encontré un hueco tan grande que pudo haber sido el pie de un dinosaurio o el cuerpo de algún vagabundo dormido. Quiero soñar con haber encontrado los pasos de Ribeyro y del abuelo que nunca conocí. Cruzo los dedos por no haber puesto nunca mis pies en las marcas de algún político corrupto.

Siempre he querido memorizar las huellas en el camino, pero cada vez que doy la vuelta para regresar, la textura es otra y la historia no es la misma. El camino rojo está cambiando todo el tiempo porque el mismo tiempo al pasar deja sus propias huellas.

He encontrado huellas parecidas a las de mis padres y no dudo que he recorrido los pasos de algunos amigos. Me pregunto si alguna de mis almas gemelas y yo ya nos hemos pisado los pasos. A veces encuentro uno que otro paso mío, de cuando tuve cinco, cuando tuve quince y cuando tuve veinticinco. ¿Seguiré teniendo pies a los ochenta? 

¿Me habré cruzado con tus pasos? ¿Tú habrás pisado sobre los míos? Solo el camino rojo lo sabe. El camino y los olivos. Los olivos y su memoria. Los duendes y sus travesuras. 

Es hora de bajar de mi nube y seguir caminando. Se está poniendo nublado aquí arriba.

Sunday, July 16, 2017

La pregunta correcta de Juliancito Bailé

Llevo la música en la sangre. Desde niño supe cómo bailar. Nunca tuvieron que enseñarme. Sospecho que lo aprendí en la barriga de mi madre con el compás de sus latidos. Antes de hablar bien, bailé bien, y hasta hoy, a mis ochenta y dos años, solo tengo que escuchar una canción de salsa para que mis huesos cansados regresen a los salsódromos y timbales que me consagraron como el gran Julián Bailé

Cuando salgo a la calle, los del barrio me saludan con respeto, agachando la cabeza. Con mi bastón, hago un golpecito en el piso y les regalo algún juego de pies. Viví de la salsa y espero morir arrullado por su dulzura de la mano de mi mujer hermosa.

Mi mulata tenía el mejor ritmo de todas. Me enamoré de ella porque nunca la vi mirar al piso al bailar, y hasta cerraba los ojos para hacerme creer que yo la llevaba (los dos sabemos bien que siempre fue ella la que marcó el ritmo, del baile, y de la vida, que finalmente son la misma cosa). Tuvimos tres hijos felices y con ritmo. Todos bailaban bien. En nuestras reuniones familiares habrá faltado el pan, pero nunca la música.

Mi último hijo se casó con una gringa sonriente pero tiesa como un pedazo de madera. Para mí que de niña le hicieron desayunar leche con cemento. Nunca me quedará claro si él la escogió para llevarme la contra, pero su decisión generó una catástrofe en el árbol genealógico de los Bailé: nació de nuestra sangre un niño sin ritmo.

Mi nieto Juliancito nunca tuvo ritmo ni en la lengua ni en los pies. Salió tartamudo y hasta se tropezaba caminando. Era voluntarioso pero torpe como él solo. Se convirtió en mi nieto favorito porque como su abuela, nunca miraba al piso. Por sus ojos firmes y su sonrisa, le agarré un cariño especial.

Siendo desarticulado, le encantaba bailar. Intenté incentivarlo con las matemáticas, pero el niño se pasaba el día entero escuchando salsa. Cuando Juliancito cumplió los cinco años le dije a mi mujer Ni modo negra, habrá que enseñarle. 

Juliancito sacudía sus huesitos de pollo como una marioneta. Parecía acalambrado. Las rodillas se le doblaban como si fuesen mantequilla y su cabeza amenazaba a caérsele del cuello. Siempre que lo veía bailar me temía que se me iba a romper en cuatro. Ay Dios mío, si no hubiera sido por su sonrisa... Su sonrisa y esos ojos que le brillaban tanto que yo les juro que un día botaron chispas. 

- Abuelito, enséñame a bailar como Julián Bailé.
- A ver pues Juliancito, a ver cómo le hacemos.

Probé de todo: videos, clases, hasta acupuntura. Amarré sus manos y pies a las mías para que me siguiera. Lo mandaba dormir escuchando salsa todas las noches y ponía pimienta en su desayuno todas las mañanas. Nada me funcionaba y solo logré que le diera gastritis :(

Mientras iba creciendo comencé a tener pesadillas. Despertaba con taquicardia cuando lo imaginaba sacando a chicas a bailar con su lengua enredada y sus pies de plomo. Una sonrisa no lo iba a salvar. 

- ¿Cómo conquista uno sin poesía y sin baile? - le pregunté a mi mulata, preocupado. - Con astucia mi negro, con astucia - me respondió, como siempre, muy tranquila y sin mirar al piso.

Un 16 de julio como hoy, Juliancito salió a bailar con su abuela. No me dejaron ir con ellos. Nunca conoceré los pormenores. Solo sé que al volver, lo único que dijeron es que había que confiar en el poder de la palabra. ¿De la palabra? - dije confundido - ¡Pero si con las palabras uno no baila!

Pues bien, a mi Juliancito nunca le han faltado las novias. Ya tiene casi cuarenta, y si sigue soltero, es porque así lo quiere. Sin ritmo y tartamudo, nunca recibe una negativa, ni de la más guapa, ni de la más bailarina. El muchacho simple y sencillamente aprendió que uno tiene que saber preguntar bien y nunca mirar al piso:


- ¿Bailas?


¿Quién no baila? Esa es la historia de Juliancito Bailé que aprendió a manejar el arte de la pregunta correcta.











Wednesday, July 12, 2017

La Niña Pulpo



Cuentan las sirenas que una vez - tal vez por algún cromosoma fallido - nació una sirena poco o nada hermosa. En el fondo del mar todos intentaron tratarla igual, pero más al fondo, era imposible no reconocerla feita. Era más chica y más redonda que las otras. Tenía una cola extraña. No encajaba en la foto familiar y por eso siempre la mandaban a posar en la esquina.



Cucupele (así se llamaba ella) siempre supo que era poco para una sirena convencional. En su intento por ser más, estiró los brazos hasta alcanzar una gaviota volando por el aire. Lo hizo con su brazo derecho. El hecho fue revolucionario y la gaviota le dio alas para hacerse un espacio.


Fueron tantas sus ansias por estirar los brazos para resaltar que de repente no habían dos, sino cuatro, ocho brazos saliéndole del cuerpo. Se movían libremente alcanzando lo inalcanzable. Cada brazo tenía una línea de acción diferente: (1) jugar con niños, (2) ayudar a madre a bordar, (3) ordenar casa, (4)sacar mala hierba, (5) leer libro , (6) tender cama, (7) hacer origami, (8) barrer. A veces, cuando se lo pedían, podía acomodar alguna nube para dejar pasar el sol. Cucupele estaba sistematizada. Lo hacía todo bien y a tiempo. Su voluntad de hacer la hizo ser y convertirse en la sirena más inteligente de todas.


Haciéndolo todo, Cucupele se convirtió en un ser único e indispensable. Dejó de ocupar las esquinas y hasta venían peces y ballenas de otros mares a conocerla. Pasaba todo el día en el fondo, rodeada de gente, resolviéndolo todo, ayudándolos a todos. Nadie sospechaba que todas las noches, cuando todo dormían, ella salía a la orilla para redondear su cuerpo hasta hacerlo compacto como una trufa. La luna la miraba. Sus brazos cansados la envolvían. Rascándole la cabeza, esos mismos brazos la llevaban al mismo sueño de todos los días en donde se hacía menos hacendosa y más hermosa.



Sunday, July 2, 2017

Deriva

Escribo sin saber sobre qué quiero escribir, confiando en que las palabras me llevarán a algún lado, como las ciudades lo llevan a uno de la mano cuando decidimos perdernos. Derivo por demasiadas imágenes vividas en las últimas semanas: hospitales, marchas, obras de teatro, películas, flores frescas, un camino rojo, mi bolsillo. Veo tantas ventanitas que me dan luz a posibles historias que en realidad no veo ninguna. Quiero escribir sobre alguien que habla de lo que no conoce, sobre una mujer que abriga sus paltas para madurarlas, sobre mi padre y también sobre dos chicos que solo se hablan bailando. Quiero contarles una historia que sea real y mentira, como todas las otras que he escrito. Quiero divertirlos, acompañarlos y hacerle honor a mi domingo a las cinco de la tarde. Quiero ser leal a la promesa de escribir y sigo derivando sin sentido. ¿Me escuchan? Yo puedo escucharlos, puedo imaginarlos, puedo olerlos. He prometido no borrar una sola palabra. Acabo de hacerme esa promesa, tal y como un caminante promete no retroceder. Deséenme suerte y les prometo que este sin-sentido terminará pronto, tan pronto como sean las 5:01 de la tarde. Nos vemos el próximo domingo porque les he prometido estar, y así sea con la cabeza llena y vacía, aquí sigo.