Sunday, June 25, 2017

Mamá Olla

En cuarenta y tres países distintos, cuarenta y tres personas distintas abrieron una misma carta. Sucedió para todos en un mismo instante. La carta estaba escrita a mano. Todos reconocieron la  letra de Mamá Olla:

Querido hijo,
Sé que te hice prometer que no me buscarías más, pero la muerte me ha pedido que rompa mi promesa. Estoy en casa. Tengo algo que contarte. Ven pronto.
- Mamá Olla

Los ochenta y seis ojos de tres policías, nueve abogados, cinco artistas, un payaso, seis contadores, tres peluqueros, dos arquitectos, cinco panaderos, una socióloga y ocho bailarines leyeron la mismas palabras. Ninguno dudó ni un segundo en dejar lo que estaba haciendo para ir a verla. Viajaron desde todos lados. El que estaba más cerca caminó cinco cuadras. El de más lejos voló desde Groenlandia. Tres días después, estaban todos de pie junto a la puerta de la casa donde habían crecido. Era la casa de Mamá Olla.

Los había recogido de la calle cuando de muy chiquitos. Los educó, los bañó con sus propias manos, les dio de comer, les enseñó a escribir y se encargó de que cada uno memorizara las capitales de todos los países del mundo. Les hizo prometer que viajarían, y al cumplir los quince años, cada uno tenía que partir para hacer de la calle su propia casa. 

Parados junto a la puerta, muchos reconocieron sus caras. Algunos se saludaron con abrazos y otros tan solo levantaron la mano con un gesto cortés. Y mientras se reconocían, se abrió la puerta y un mayordomo de huesos largos los hizo pasar.

Caminaron en fila hasta el gran salón de juegos. Aún se escuchaba el eco de risas de niños. Sobre la mecedora desde donde Mamá Olla los veía jugar, descansaba un cuerpo delgado, huesudo y gris.

¿Adónde estaba el cuerpo regordete, los cachetitos rosados y la risa inmensa de Mamá Olla? ¿Por qué ya no tejía? ¿Por qué ya no les cantaba? Solo pudieron reconocerla por el pelo: el color rojo cobrizo de su cabeza seguía intacto. Tenía el mismo peinado de siempre: un moño perfectamente enroscado. 

De los cuarenta y tres rostros cayó una lágrima. Sucedió para todos en un mismo instante. Cuarenta y tres lágrimas se juntaron en el piso y formando un pequeño río, salieron del salón, hacia el jardín, para regar una flor.

Luego de un largo silencio, Mamá Olla levantó la cabeza. Miró a cada uno a los ojos. Miró a los cuarenta y tres y saludó a cada uno por su nombre. Al terminar, con la mano derecha, deslizó su pelo. Con la aparición de una cabeza calva, apareció también, el rostro de un hombre anciano.

El río de lágrimas volvió desde la flor, por el piso del salón, a los ojos de cada uno de los hijos de Mamá Olla. Los cuarenta y tres abrieron la boca por la sorpresa. Sucedió para todos en un mismo instante. 

- Ya conocían a su madre. Ahora conocen a su padre - les dijo antes de despedirse. Sus cuarenta y tres hijos caminaron hacia la silla y la abrazaron con tal fuerza que los huesos de ella y de todos se retorcieron. Y fue así como nació la primera montaña de todas las montañas del mundo.



Sunday, June 11, 2017

106 Fragmentos

El lugar preferido de Armando era su taller: un espacio grande, de techos altos, lleno de bustos de personas que él creía conocer. Habían cientos de rostros. Sus preferidos eran los de su padre y su madre, algunos maestros escultores, sus tres novias favoritas, su mejor amigo, su perro y su hermana menor. También tenía pequeñas esculturas sin terminar de su propio rostro. Todas las mañanas, seguía el mismo ritual: se ponía una bata azul de felpa sobre la piyama, pasaba por la cocina para prepararse una taza de café muy caliente, bajaba las escaleras al sótano y abría la puerta de su taller. Con una franela muy delgada, removía el polvo, uno por uno, de los ciento seis personajes estáticos que él había esculpido. Armando los observaba con cuidado, disfrutando de la inmovilidad y perfección de cada uno. Creía conocerlos tanto que podía imaginarlos con los ojos cerrados.

Rodeado de tantos rostros, Armando, vivía solo, muy lejos de la ciudad, debajo de las montañas, allá donde solo suenan ramas de los árboles cuando hay viento. Sabía poco de la vida de su familia y de sus amigos. Sabía nada de sí mismo.

Una noche de luna llena tuvo una pesadilla terrible: estaba en su taller, limpiando el rostro de su madre cuando percibió que ella comenzaba a rajarse. Volteó desconcertado a ver al de su padre, y él ya había perdido un ojo. Sus maestros se estaban partiendo desde la cabeza y comenzaban a confundirse con el rostro de su perro. El perro ya no tenía cola y de su mejor amigo solo quedaban las orejas. Las tres novias no eran más que cavidades con boca y su hermana menor había desaparecido por completo. Todo estaba temblando. Los rostros se  quebraban y desfiguraban cada vez más. El escultor ya no podía reconocer ninguna de sus esculturas. Intentó recoger los pedazos, pegarlos como sea para recomponerlos, pero era imposible controlar tanto desborde. Armando se sintió perdido mientras observaba cómo su mundo se desarmaba.

Cuando despertó estaba agitado. Era más temprano de lo normal. Aún así, se puso la bata, hizo café, bajó al sótano, buscando encontrar  calma en el orden de su ritual. Cuando se acercó a la puerta se quedó helado. Escuchó ruidos. Algo se estaba moviendo allá adentro. Sonaban risas de niños.

Al abrir la puerta encontró, en lugar de cada uno de los rostros, un niño. Ciento seis niños jugando en su taller. El suelo estaba lleno de pedacitos de arcilla y color. Los niños jugaban con los pedazos de sus propias caras: los mordían, los tiraban al aire, los reorganizaban formando flores o los separaban por colores. Había movimiento por todos lados. La madre de Armando era una pequeña de pelo rojo que tenía hipo. Estaba jugando con una de sus novias a las chapadas. Vio a su padre sacarse los mocos y limpiarse la mano en un pantalocito azul marino y su mejor amigo no paraba de perseguir hormigas. Las otras dos novias peleaban por una muñeca y su mejor amigo miraba arriba buscando la luna. El también tenía hipo. Su hermana menor era tenía un tic en el ojo izquierdo y no paraba de cantar. Su perro era ahora un gato y su taller parecía un jardín de desorden, caos y vida que no podía comprender ni controlar. Todo era nuevo. Todos eran nuevos. 

Armando, desconcertado, miró sus manos que algún día habían estado resecas por la arcilla. Hoy eran pequeñas, frágiles, tersas y blanquitas. Le dio hipo.

Ese fue el día en que Armando se hizo adulto.





Sunday, June 4, 2017

La Marcha de los Desadaptados

Y marchamos todos, en fila india, 
dibujando un elefante con nuestro recorrido.

Marchamos sin pelos en la lengua, 

con gargantas abiertas y ojos cerrados
cantando himnos tragi-cómicos con nuestras manos
(nuestro andar, como siempre, se mantuvo silencioso).

Marchamos los de manías pequeñas como cerrar cajones,

estirar alfombras, recoger pelusas.
Marchamos los de grandes ambiciones como aprender a amar,
llegar a la luna, salvar el mundo.

Marchamos los de cuerpos grandes y pies pequeños,

los que llevamos el corazón en las manos,
los que decimos hincapié, correveidile y paralelepípedo,
y marchamos también los de palabras simples y punto.

Nuestros corazones marcharon por sí mismos,

y junto a ellos, un grupo de niños.

Marchamos en retroceso, 

mirando hacia adelante, 
y no nos pisamos los talones.

Marchamos cantando, silbando, golpeando ollas 

soltando hipos y saltando.

Marchamos porque quisimos marchar.
Marchamos para hacernos espacio.
Marchamos para desadaptarnos un poco más.
Le marchamos a la normalidad que amenazó nuestros sueños.

Marchamos con miedo a morir congelados,

congelados y muy aburridos.

Marchamos los pequeños héroes fracasados,

los soñadores, los abatidos y los poetas
con nuestras mascotas
y llevamos bolsitas para su caca.

Marchamos molestos y felices

hasta el amanecer,
y nos metimos al mar.

Marchamos para dejarle a la ciudad

un legado:
una calle en forma de elefante.