Sunday, March 12, 2017

Un día demasiado largo para Victoria

Era un martes cualquiera, de noche. El día de Victoria había durado cuarenta y tres horas. Estaba cansada. Se alistaba para dormir cuando de repente sonó *crac* y le explotó la cabeza. 

Fue así: sonó *crac* , saltaron pedacitosde hueso por el aire, se escuchó el sonido de burbujas y aparecieron unas manchitas naranjas salpicadas sobre las paredes blancas de su departamento nuevo en Miraflores. Olía a miel rancia. Victoria quería correr al baño pero decidió caminar despacio porque el líquido burbujeante en su cráneo estaba caliente (como todo lo que se cocina por cuarenta y tres horas).

Caminando hacia el baño sintió un aire frío. Por un instante delicioso sintió la frescura de una cabeza abierta. 

En el espejo del baño sus ojos no creían lo que veían. Qué asco, pensó. El líquido naranja grumoso amenazaba con salir de su cabeza para ocuparlo todo. Sintió ganas de vomitar, pero eso era una pésima idea porque bajar la cabeza implicaba dejar caer *la sustancia*. Le caería en la cara, en la ropa, en los pies y en el piso nuevo de su departamento nuevo. Tienes que mantener la cabeza en alto, se dijo Victoria a sí misma, no queriendo y teniendo que mirar en el espejo.

- ¿Amor?

Es importante mantener la cabeza en alto cuando se tiene miedo; importante e imposible. Y así, un pequeño movimiento de duda generó el inicio del cataclismo: una gota naranja y espesa comenzó a correr por la frente de Victoria y bajó lentamente hasta entrar en su ojo. *La gota* pudo haber escogido el borde de la nariz, la cavidad de la oreja, las esquinas de los labios, pero no: la caprichosa quería un ojo, un ojo derecho. 

Victoria sintió ardor. Cogió un poco de agua y sacó ese pedazo de cerebro de su ojo derecho. Con el ojo limpio pudo distinguir un pescadito azul que saltaba de su cabeza intentando atrapar un poco de aire fresco. No sabía que existen pescados habitando aguas tan calientes, pensó.

Pasó un tiempo y vio otro pescadito. Era de color amarillo. Victoria recordó que habían pasado quince meses desde la última vez que comió pescado. Por segunda vez, quiso vomitar.

- Amor, ¿puedes venir un ratito? 

Pero su amor no la escuchó. El volumen del televisor estaba demasiado alto como para percibir un *crac* o el chapoteo de unos cuantos pescaditos de color en el cerebro de su amada Victoria.

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