Sunday, March 26, 2017

En Lima no hay suficientes paraguas

No sé si alguna vez conocieron a uno de esos niños que parecen adultos en miniatura. Son niños con cara de viejo que usan palabras de viejo y lo miran todo con ojos de viejo. Aquiles era uno de esos niños. Yo fui también uno de esos niños. A veces uno simplemente nace con la mirada cargada historias antiguas.

Aquiles desde muy niño mostró ciertas peculiaridades. Por ejemplo: rescataba detalles insignificantes como una peca debajo del ojo izquierdo de un mendigo. Era perspicaz, imaginativo y muy preguntón. Sus preguntas eran siempre desatinadas. Hablaba en los momentos más inadecuados. Les juro que era un niño bueno. No tenía malas intenciones. Simplemente, por cosas de la vida, el pobre chiquillo nació desatinado.

Cada vez que Aquiles decía algo inapropiado se abría un hueco en el cielo y le caía un chorro de agua. Lo vi con mis propios ojos, más de una vez. Todavía recuerdo su cuerpecito doblado secando el piso con el trapo de la verguenza. Era como si alguien allá arriba se dedicara a recordarle lo que significaba tener buenos modales. Felizmente aprendió a controlarse a tiempo. Pasé un tiempo preocupado imaginando que pudo haber muerto de un baldazo en la cabeza. Quédense tranquilos: Aquiles sigue vivo y hoy dedica sus días a escribir.

Cada cuatro o cinco pasos, Aquiles recibía un chorrazo de agua. Alguna vez llegó a dar diecinueve pasos cuando le dio faringitis, pero generalmente no pasaba de los diez antes de recibir un nuevo baño. Es por eso que Aquiles siempre fue cuidadoso con sus pasos. No salía mucho a la calle y si lo hacía, prefería andar en bicicleta.

Recuerdo la primera vez. Tenía cuatro años. Estaba paradito en el marco de la puerta del baño mirando a su persona favorita en el mundo. Todo estaba tranquilo y seco hasta que inofensivamente, el pequeño preguntó:

-Mami, ¿vamos a tener otro hermanito?

De repente se abrió un agujero en el techo, cayó un chorro de agua sobre Aquiles y lo dejó como un pato mojado. Su pelo castaño chorreaba por los costados y sus ojos grandes y confundidos miraban el charco de agua en el piso buscando una respuesta. La madre no atinó a más que estirar su brazo y alcanzarle una toalla mientras pensaba, avergonzada, mañana comienzo dieta.

Aquiles encontró en los libros afición y refugio. Era su manera de moverse sin desplazarse. Fue así como aprendió la historia de su nombre y entendió el origen de su desgracia. Se miró los talones por semanas hasta descubrir que su punto débil lo tenía en la garganta. Cuando fue a contárselo a su abuelo, inevitablemente, le cayó un chorrazo de agua.

Y así, Aquiles vivió los primeros años de su vida moviéndose y hablando en función de mantenerse seco. Al crecer comenzó a ordenar sus ideas. Pensaba mejor sus preguntas y anotaba en un libro todo lo que no podía decir. Su silencio le evitó algunas duchas, pero bastaba con que se relajara unos minutos para terminar burlándose de algún amigo huérfano, comentando del trabajo de su padre el día que lo habían despedido, o cantando las letras obscenas de alguna canción que no entendía. Les juro que Aquiles tenía un buen corazón. No era un niño perverso pero el desatino le resultaba tan inevitable como el hipo.

Siguieron los chorros de agua en casa, en el colegio, en la calle y entre los amigos. Siempre cargaba en su espalda una mochila azul con una toalla y algo de ropa. Por un tiempo decidió usar solo ropas de baño, pero llegó el invierno y sus amigos se burlaron demasiado.

Su abuelo, preocupado por tantas burlas y resfríos, y anticipando que a los catorce comenzaría a fijarse en chicas, decidió regalarle un paraguas.

- Tata, pero si en Lima no llueve.
- En la Lima de Aquiles parece que sí. Ahora ve y pregunta tranquilo.

Y es por eso que le dedico todos mis libros a mi abuelo y compro paraguas cuando encuentro. ¿Me entienden, no? Alguien tiene que encargarse de mantener secos a los adultos miniatura.


Sunday, March 19, 2017

Estar sin estar en un huayco

Suenan golpes(*) todo el tiempo. Parece como estuviera en un submarino. Estoy con papá, mamá y Fidel. Sí, es un submarino como el que vi ayer en la película y también es amarillo. Papá me prometió que me llevaría en submarino por mi santo. Faltan veintitrés días para mi santo. ¿Y ahora qué me van a regalar por mi santo? 

(*)

Hace un año pedí un gato y me regalaron a Fidel. Los bigotes de Fidel son los bigotes más largos del mundo y los brazos de papá son los brazos más largos del mundo. Abrazo a Fidel cuando tengo miedo. Papá me abraza a mí cuando tiene miedo y me dice ¨conmigo vas a estar bien¨. Me gustan sus abrazos y lo dejo protegerme. Me hago la asustada para que me abrace más fuerte. Me da risa: cree que todavía soy una niña. Acabo de entrar a primer grado. 

(**_*)

No sé por qué hoy papá me abraza más de lo normal. Tal vez le dan miedo los submarinos. Mamá no deja de mirar por la ventana. Está como buscando algo. ¿Será su cartera? Siempre que pone esa cara está buscando la cartera. Mira y mira la ventana y dice cada dos minutos ¨Dios mío, qué horror¨.  Es exactamente cada dos minutos porque he tomado el tiempo con mi nuevo reloj que tiene cornómetro. Quiero decir, cromótero. Ay no, ¿crotónemo? Bueno, esa cosa que mide el tiempo. 

(_* _ *** _ **_)

No sé cuánto tiempo llevamos aquí pero todo afuera todo se ve marrón. Estoy un poco mareada. A cada rato nos chocamos con cosas (*_**_*). Hay palos, paja, piedras y bultos que no puedo ver bien qué son. Las ventanas son demasiado chiquitas y todo pasa muy rápido. Creo que acabo de ver una silla. Cuando chocamos con piedras grandes el submarino tiembla. Las piedras chiquitas hacen un sonido como de lluvia. Pregunté qué era esa agua marrón. Todos me responden rápido sin explicarme nada. Es como si nadie quisiera hablarme. ¿Estarán molestos conmigo? No entiendo, hoy comí brócoli. 

(***)

Mi papá no deja de mirar su celular. Es lodo, me dijo, mirando su celular. Lo dijo tan bajito que primero pensé que dijo lobo. Pero no, dijo lodo y ahora sé que lodo es como decir barro. Yo sé lo que es el barro. Nunca me dejan jugar en el barro porque mancha la ropa.

(_)

Escuché por ahí la palabra guayco pero no sé si escuché bien porque justo golpeamos una piedra grande(*). ¿Será el piloto que se llama guayco? Pero no he visto ningún piloto. Creo que es el barro el que nos está empujando. Si algún día tengo un perro, lo llamaré guayco y me encargaré de que siempre me haga caso.

(*_***__*)

¿Hacia dónde vamos, pa? 

(*)

¿Papi?

(_)

Al mar, Ana. Tranquila que ahorita llegamos. 

(_)

Me dijo eso hace siete minutos. Lo conté en mi cromótero. Quiero sacar la cabeza y ver el sol. No le digan a mi mamá que no me he puesto bloqueador. No le digan nada. No quiero preocuparla. Mejor que encuentre su cartera para que deje de mirar a la ventana.

( _ )

Uf qué calor. Todo se mueve rápido afuera. Es como estar en una burbuja dentro de una licuadora. Los bigotes de Fidel están caídos. Creo que está triste. Creo que acabo de ver pasar una muñeca sin brazo por la ventana del submarino. Me asusté y abracé a Fidel. Mi papá debe haber visto algo más feo porque de repente soltó su celular y me abrazó a mí. El barro es del mismo color que sale cuando mezclo todas mis témperas. A mi mamá no le gusta que las mezcle todas porque se forma un color sin nombre. 

(*_***_)

Tengo un poco de náuseas. Felizmente mi mamá me ha hecho lonchera. Tengo juguito de caja y galletas de soda. No tengo hambre pero voy a tomar jugo para que se me pase el mal sabor. Sabe raro. Es de color marrón. Sabe a témpera. Alguna vez probé témpera. No le digan a mi mamá. Menos ahorita. Sigue buscando su cartera. Mejor me aguanto.

(*_**_*)

Quiero sacar mi brazo y tocar el barro. ¿Estará frío o caliente? Cuando le pregunté a mi mamá si podía abrir la ventana, no dejó de mirar a la ventana mientras me dijo no sabes de lo que estás hablando. ¿Por qué nunca puedo mancharme? Siempre tengo que andar limpia. Quiero estirar mi brazo hasta alcanzar esa muñeca. Mi papá me vuelve a abrazar. ¿Pa, se puede nadar en el lodo? Sí pero necesitas un buen casco y aletas. Ya sé qué voy a pedir para mi próximo cumpleaños.

(*_**)

Cuando sea grande voy a meterme en el lodo. Ahora no creo que pueda. Tendría que hacerlo a escondidas pero primero quiero ver si me dejan ir al parque. No entiendo. ¡Yo ya estoy en primer grado y hasta puedo escribir la palabra hipotrótano! Si espero mucho tiempo y me hago muy grande solo diré Dios mío qué horror y daré abrazos mientras miro mi celular. Mejor me apuro. No entiendo por qué estamos aquí. Tal vez aparezca un delfín por la ventana. En la película de ayer habían delfines afuera del submarino. Suenan las piedras como lluvia. Me encanta ese sonido. Qué pena que en Lima nunca llueve.

(*)

Ana, no creas que porque no hay colegio vas a dormir hasta tarde. A levantarse

( - )

De repente abro los ojos y el submarino se ha hecho más grande. Es blanco y tiene ventanas grandes. Fidel sigue junto a mí. Papá ya no está y tampoco su celular. Hay un vaso de jugo sobre la mesa de noche. Está rico pero es de caja. Qué raro. Seguro Nelda no vino a trabajar. Mi mamá no sabe usar el exprimidor de naranjas. No importa: por lo menos no es barro. En la ventana tampoco veo barro, solo gotitas de lluvia. Qué raro porque en Lima nunca llueve. ¿Sigo soñando? Creo que sí porque mamá sigue diciendo cada dos minutos, ¨Dios mío, qué horror¨. Todavía no ha encontrado su cartera.


Sunday, March 12, 2017

Un día demasiado largo para Victoria

Era un martes cualquiera, de noche. El día de Victoria había durado cuarenta y tres horas. Estaba cansada. Se alistaba para dormir cuando de repente sonó *crac* y le explotó la cabeza. 

Fue así: sonó *crac* , saltaron pedacitosde hueso por el aire, se escuchó el sonido de burbujas y aparecieron unas manchitas naranjas salpicadas sobre las paredes blancas de su departamento nuevo en Miraflores. Olía a miel rancia. Victoria quería correr al baño pero decidió caminar despacio porque el líquido burbujeante en su cráneo estaba caliente (como todo lo que se cocina por cuarenta y tres horas).

Caminando hacia el baño sintió un aire frío. Por un instante delicioso sintió la frescura de una cabeza abierta. 

En el espejo del baño sus ojos no creían lo que veían. Qué asco, pensó. El líquido naranja grumoso amenazaba con salir de su cabeza para ocuparlo todo. Sintió ganas de vomitar, pero eso era una pésima idea porque bajar la cabeza implicaba dejar caer *la sustancia*. Le caería en la cara, en la ropa, en los pies y en el piso nuevo de su departamento nuevo. Tienes que mantener la cabeza en alto, se dijo Victoria a sí misma, no queriendo y teniendo que mirar en el espejo.

- ¿Amor?

Es importante mantener la cabeza en alto cuando se tiene miedo; importante e imposible. Y así, un pequeño movimiento de duda generó el inicio del cataclismo: una gota naranja y espesa comenzó a correr por la frente de Victoria y bajó lentamente hasta entrar en su ojo. *La gota* pudo haber escogido el borde de la nariz, la cavidad de la oreja, las esquinas de los labios, pero no: la caprichosa quería un ojo, un ojo derecho. 

Victoria sintió ardor. Cogió un poco de agua y sacó ese pedazo de cerebro de su ojo derecho. Con el ojo limpio pudo distinguir un pescadito azul que saltaba de su cabeza intentando atrapar un poco de aire fresco. No sabía que existen pescados habitando aguas tan calientes, pensó.

Pasó un tiempo y vio otro pescadito. Era de color amarillo. Victoria recordó que habían pasado quince meses desde la última vez que comió pescado. Por segunda vez, quiso vomitar.

- Amor, ¿puedes venir un ratito? 

Pero su amor no la escuchó. El volumen del televisor estaba demasiado alto como para percibir un *crac* o el chapoteo de unos cuantos pescaditos de color en el cerebro de su amada Victoria.

Sunday, March 5, 2017

Desvelada

Alguna vez escuché que cuando te desvelas es porque alguien está pensando en ti. Me gusta creerlo, así no sea cierto, porque eso le da un poco más de sentido a un momento de lucidez que brota dentro de un tiempo muerto. 

De repente, los ojos se abren y miras al techo. Debates entre obligarte a dormir, entregarte al ir y venir de la cabeza, o descansar despierto como el guardián de una ciudad que sueña. He decidido ser guardián, escuchar grillos y habitar una Lima sin carros. Lima la silenciosa está despierta y yo puedo oírla, olerla, sentirla. Soy testigo de un milagro y los grillos también.

El aire no circula porque es febrero. A diferencia de ayer (también me desvelé), no estoy sudando. El calor no me ha despertado. Tal vez hoy alguien realmente esté pensando en mí. Imaginaré que sí. ¿Quién será? ¿De qué manera? ¿Con cariño, rabia, retorcida o distraídamente? 

Un poco de brisa me vendría bien pero no me quejo porque estoy fascinada con el hecho de no poder responder ninguna de mis preguntas. Me voy a entregar al misterio. Jugaré con ese misterio. ¿Si pienso en alguien, esa persona despertará? Decido pensar en alguien. Estoy convencida de haber despertado a ese alguien. Luego pienso en alguien más. Vienen a mí nombres. Ya he despertado a trece personas. Tal vez tenga poderes. Tal vez los tenemos todos. 

Me pregunto si los demás también saben que tienen poderes, si escuchan los grillos, si miran el techo o si fueron por un vaso de agua. Tengo sed pero prefiero que mis pies no toquen el suelo. Esto es demasiado importante para poner los pies en el suelo: estamos pensándonos sin saberlo.

Siento la urgencia de enviar un telegrama de último minuto para salvar a todos los ilusos desvelados que creen que abrir los ojos de noche no tiene ningún sentido. No lo hago. Eso aniquilaría más el pobre misterio opacado por twits, hashtags y soniditos estridentes. ¿Por qué necesito que lo sepan? ¿Por qué necesitan saberlo? Esas dos preguntas son mi música de fondo. Los grillos hacen el coro. Yo sigo imaginando a todos los desvelados salvándonos de la soledad que ha venido a meterse debajo de nuestras sábanas como un duende.

Imagino que de nuestras cabezas salen antenas receptoras que captan selectivamente algunas ondas. Captarlas todas sería demasiado. Y así, de repente: veo que dos almas se conectan. Ahora son tres. La cuarta se ha ido por su lado. Es hermoso. Un tejido sutil nos une a todos mientras dormimos. 

Algunos ilusos con los ojos abiertos dirán que lo mío es una dulce mentira. A ellos les deseo suerte contando ovejas. Estoy convencida de que el poder somnoliento de las ovejas es la única mentira en esta noche.