Sunday, November 26, 2017

La Cuidadora de Paltas

Doña Teresa cuida paltas verdes hasta hacerlas madurar: las guarda en una caja de cartón, envuelve cada una con periódico y a las más duras las pone al fondo de la caja para abrigarlas bien. El calor es la mejor receta para ablandarlas. Todos saben que el calor de Doña Teresa no es un calor cualquiera.

Ella escoge cuidadosamente las hojas de los periódicos porque las paltas no deben dormir rodeadas de malas noticias. Luego de envolverlas en papel, las arropa con una manta polar y les canta. Todo el tiempo, les está cantando: boleros durante el día y canciones de cuna por las noches. Y cuando tiene que salir de casa, Doña Teresa se asegura de dejar sonando alguna de las sinfonías de Beethoven a todo volumen. Como toda una experta, ella ha descubierto que las paltas verdes no sobreviven a la soledad o el silencio.

Todas las noches, antes de dormir, vestida con su bata rosada y sus pantuflas peludas, se para al borde de la caja de paltas y las mira con los mismos ojos tristes con los que miró a su madre, a su esposo y a su hermana antes de morir. Los tres pasaron años en cama y ella pasó esos años junto a ellos. Y cuando tenía que salir, siempre prendía el tocadiscos y dejaba entrar a Beethoven. Al volver, siempre traía con ella caramelos de limón para sus enfermos.

Nunca entenderé bien por qué mi tía Teresa, compañera de agonías y gran devota de los enfermos, no quiso tener hijos... pero quién soy yo para meterme con las paltas de mi tía.

Aún llorábamos la muerte de mi otra tía, su hermana, cuando sonó el timbre. Junto a la puerta, dos canastas llenas de paltas duras como piedras la miraban con ojos tristes. Eran las paltas más verdes de todo Junín, de esas que los campesinos abandonan al borde del camino y que los asaltantes recogen para romper vidrios. Estas insignificantes paltitas aparecieron frente a mi tía como una nueva misión imposible que llegaba a salvarle la vida. A veces, muy de vez en cuando (cuando no me hago paltas) se me ocurren buenas ideas.

Qué dolor más feo debe ser para una palta morir sin ser probada - pensó Doña Teresa, mientras levantaba las dos canastas del piso. Con el simple gesto de recoger, ella tomaba una decisión decisiva de vida: se dedicaría a madurar paltas verdes e insípidas. A diferencia de una madre, un esposo o una hermana, nunca dejan de abandonar paltas inservibles al borde del camino.

Lo que mi tía ha logrado con las paltas es algo milagroso. Cuando están maduras y listas para comer, las envuelve en papel de seda y las lleva al mercado. La gente hace cola por probar el fruto de sus cuidados. Ella intenta ser justa y distribuye una palta por familia, y solo en algunos casos da dos paltas para familias con algún niño enfermo en casa. Las paltas curan resfríos, fortalecen los huesos, quitan las legañas y ayudan a conciliar el sueño. Funcionan casi igual que el amor.

Cuando termina de vender sus paltas, Doña Teresa cruza el mercado con el pecho inflado de orgullo hasta llegar al borde del camino. Recorre este cementerio improvisado de paltas duras para escoger a las más pobrecitas. Con el dinero de su última venta, compra lana para tejer nuevas colchas para sus nuevas paltas y caramelos de limón. Al llegar la casa, se sienta a tomar lonche con Beethoven, y al terminar, acomoda a sus nuevas huéspedes en la misma caja de cartón que guarda todavía el olor de las paltas ya libres, ya vendidas. Es curioso que mi tía Doña Teresa nunca haya probado una palta en su vida, pero quién soy yo para meterme en las paltas de cualquiera. 





No comments:

Post a Comment