Esta es la historia de La Carajito, mujer diminuta como un pulgar de voluntad impetuosa. La conocí de niño, en la esquina de mi casa, siempre parada con la frente en alto dirigiendo el tráfico imaginario de nuestra calle peatonal. Era una calle pequeña de un vecindario pequeño que aquella mujer imaginaba como una avenida transitada por camiones, buses, automóviles y quién sabe si trenes. Los dirigía a todos. Ella nos dirigía a todos, siempre al ritmo de una seguidilla de carajo, carajo, carajo.
Sus carajeos terminaron convirtiéndose en música. Ante cualquier cosa, ella respondía carajo. Si hacía buen tiempo, carajo qué buen día. Si llovía, carajo nos mojamos. Si uno la saludaba, carajo cómo pierdes el tiempo. Y si uno no lo hacía, carajo la mala educación.
No me malinterpreten: La Carajito no era una mujer amargada. Sus carajos no eran quejas o ataques. De hecho, su voz tenía un toque de brillo. Carajeando La Carajito navegaba la vida y se defendía de la muerte. ¿Carajo, no lo hacemos así todos?
La Carajito nació chiquita, muy chiquita, tan chiquita que su madre la podía sostener en la palma de su mano. Sin embargo, su pequeño cuerpo estaba lleno de ambiciones grandes: la Carajito, desde niña, siempre soñó con ser policía. Cuando alcanzó la edad suficiente, la pequeña llenó los papeles, tomó los exámenes médicos y cumplió con toda la burocracia necesaria para presentarse a La Policía. El oficial encargado de recibir su aplicación no tuvo mayor explicación que decir que por falta de presupuesto sería imposible confeccionarle uniforme y zapatos a su medida. Carajo, dijo la Carajito, y salió caminando desde La Policía hasta nuestra esquina.
Se preguntarán... ¿por qué nuestra esquina? Carajo, yo qué sé.
Nadie nunca supo su edad. Sospechábamos que vivía en una caja de fósforos y que llegó a los ochenta y siete años. Todas las mañanas, antes de que el vecindario despierte, la Carajito ocupaba su lugar estratégico y nos dirigía la vida. Carajo avanza, carajo por qué vas tan rápido, carajo respeta a los demás, carajo no toques bocina, carajo qué me miras. Sus carajos le daban armonía a nuestra calle. Su presencia de pulgar, ahora ausente, nos ha dejado a todos con cuatro dedos en la mano derecha y sin rumbo.
Cuentan que el último día en que se vio a La Carajito en nuestra esquina, era un día de invierno. Se le acercó un hombre mayor. Estaba encapuchado y vestía de negro.
- Soy la Muerte - le dijo el hombre.
- Uy, mierda - respondió La Carajito.
Fue ese mismo día que nuestra calle cambió de nombre y se convirtió en la Javier Prado.
Mi domingo a las cinco de la tarde se convirtió - entre mis veintes y mis treintas - en un símbolo. Es un espacio solitario: un vacío que aprendí a llenar conmigo y con pensamientos dispersos. Aquí rescato algunos intentos de hacer de esos pensamientos *arte*. Esto jamás será auto-ayuda. Los domingos a las cinco de la tarde no hay agendas, las calorías ya no se cuentan, el silencio es música y no hay a quién convencer. Aquí realidad y ficción se abrazan; luz y sombra bailan.
Sunday, May 28, 2017
Monday, May 22, 2017
Un lunes cualquiera
- Otro día más.
- Otro día más.
- Apúrate. No tienes mucho tiempo.
- Tengo que apurarme. No tengo mucho tiempo.
- Tengo que apurarme. No tengo mucho tiempo.
Alicia mira la alarma y la escucha sonar desde su cama.
- Ayer llegaste tarde. Hoy tienes que moverte más rápido.
- Ayer llegué tardaso. Hoy tengo que moverme más rápido.
- No te olvides que es santo de tu mamá.
- Verdad. Hoy es santo de mi mamá.
- Tienes que llamarla.
- No puedo olvidarme de llamarla.
- ¿Le compraste regalo?
- Carajo. Me olvidé de comprarle un regalo.
- Hoy no te dará tiempo.
- Y ahora cómo me hago el tiempo.
- Tienes que mandar ese mail.
- El mail, verdad. Hoy si no me olvido.
- ¿Por qué te da tanta flojera? Es solo un mail.
- Es solo un mail. No sé por qué me da tanta flojera.
- ¿Qué le vas a regalar?
- ¿Y si solo le compro unas flores?
- Predecible.
- Medio misio, ¿no?
- No vas a poder.
- Tengo que encontrar el tiempo. Tal vez si... Antes de que vaya a...
- Carajo. Me olvidé de comprarle un regalo.
- Hoy no te dará tiempo.
- Y ahora cómo me hago el tiempo.
- Tienes que mandar ese mail.
- El mail, verdad. Hoy si no me olvido.
- ¿Por qué te da tanta flojera? Es solo un mail.
- Es solo un mail. No sé por qué me da tanta flojera.
- ¿Qué le vas a regalar?
- ¿Y si solo le compro unas flores?
- Predecible.
- Medio misio, ¿no?
- No vas a poder.
- Tengo que encontrar el tiempo. Tal vez si... Antes de que vaya a...
- Tu refri está vacía.
- No tengo nada en la refri. Y ahora qué desayuno.
- ¿En serio le vas a comprar flores?
- Sí, flores, una tarjeta y punto.
- Eres un desastre.
- Ya cállate.
- No tengo nada en la refri. Y ahora qué desayuno.
- ¿En serio le vas a comprar flores?
- Sí, flores, una tarjeta y punto.
- Eres un desastre.
- Ya cállate.
ALICIA salta de la cama y apaga la alarma queriendo que ese botón pudiera apagar más que solo esa alarma.
Sunday, May 14, 2017
Llaves
- Quiero encontrar el amor, dijo la chica.
- Todo tiene un precio, respondió la bruja.
- ¿Cuánto me cuesta el amor?
- Perderás las llaves.
Y después de eso, no volvió a decir más. Se despidió de mí con un movimiento de cabeza, metió la plata que le di a su bolsillo y se metió detrás de una cortina de flores lilas y turquesas. Me quedé sola en ese pequeño cuarto tan oscuro y pequeño como una caja de zapatos. Al salir, la luz parecía más intensa de lo normal y era tan clara que ridiculizaba todo lo que acababa de ocurrir. Lo místico del incienzo, las velas y los santitos parecía un sueño que se esfumaba detrás de la calle, la gente, las bocinas, los puestos de periódico y la basura. La realidad me envolvió y olvidé por completo a la bruja y sus predicciones.
Iba camino a casa. Me puse los audífonos para recorrer esa ciudad abrumadora con cierta distancia. Cuando llegué a mi puerta metí la mano en el bolsillo de mi mochila. Moví los dedos y los hice caminar de un lado al otro buscando mis llaves. No estaban. Tampoco en los bolsillos de mi pantalón. Debí haber dejado las llaves adentro de mi casa. No desesperé porque tenía una copia de esas llaves en mi carro. Caminé a la esquina para abrirlo.
Cuando llegué al carro recordé que las llaves del carro estaban dentro de mi casa (ese día había decidido salir caminando). No tenía copia de las llaves de mi carro en ningún lado. Tendría que llamar a los del seguro para que me lo abrieran. Así podría sacar la llave de repuesto de mi casa guardada en la guantera de mi carro. Con esa llave de repuesto podría recuperar la llave original de mi casa y la única llave que tengo de mi carro. Cogí el celular para hacer la llamada y el celular estaba muerto. La música había gastado toda mi batería.
Decidí caminar a casa de mis padres para usar su teléfono. Ya no tenía música para abstraerme de la ciudad así que no me quedó otra que convertirme en ella: fui el camión y el camionero, los peatones y sus celulares, la vereda y sus huecos, los taxis y su conchudez. Fui también cada una de esas golosinas que se venden en los puestos de periódicos. Finalmente llegué a casa de mis padres. Ese día cargaba con la llave de su casa en mi mochila porque había prometido regar las plantas mientras estuvieran fuera de la ciudad.
Entré al edificio y me subí en el ascensor. Cuando llegué a la puerta del segundo piso abrí el bolsillo de mi mochila y de repente las llaves saltaron desde adentro como dos ardillas. Es como si hubieran estado atentas esperando ese momento para escapar. Las llaves volaron por el aire, dieron tres volteretas y al caer, pudiendo haber caído al piso del ascensor (como caen la mayoría de las llaves), las pendejas decidieron deslizarse por la rendija del ascensor. Sí, ese diminuto vacío entre el piso del ascensor y el piso de cualquier departamento. Las escuché descender del piso cuatro hasta el tercer sótano, cada vez más lejos, y junto a ellas se alejaba de mí la posibilidad de conseguir las llaves de mi casa y las de mi carro. En mi cabeza escuché una voz que lentamente decía carajo, y ahora cómo hago para regar el helecho de mi madre.
Salí del edificio a la calle. Ya era de noche y me convertí en noche. Estaba cansada y tan sólo imaginar el silencio de mi casa y un par de pantuflas me hicieron sentirme aún más cansada. Cuando miré al piso no tenía llaves y tampoco fuerzas para buscar soluciones. ¿Y si me quedo a vivir aquí en la calle? - pensé. Frente a mí apareció una tarjeta que decía, *CERRAJERO - ATENCION 24 HORAS*. Mis pasos me llevaron a su puerta y al llegar encontré un joven afuera.
- ¿No está cerrajero?
- Soy yo.
- Necesito ayuda con urgencia.
- Yo también.
- ¿Qué necesita usted?
- Un cerrajero que me abra la puerta de mi taller. No puedo trabajar sin mis herramientas. ¿Y usted?
- Necesito que ese mismo cerrajero le abra la puerta a usted, para que saque sus herramientas, para que venga abrirme la puerta a mí, para rescatar las llaves de mi casa y las de mi carro. ¿Y tiene usted herramientas para abrir cajas de ascensores?
Nos miramos a los ojos como dos perritos mojados.
- Hace frío. Le puedo invitar un café.
Y desde ese día ni yo he vuelto a mi casa ni el cerrajero a su taller. Cuando fui a buscar a la bruja solo encontré una caja de zapatos y adentro, una nota que decía: El enamoramiento es una distracción... una bonita distracción.
- Todo tiene un precio, respondió la bruja.
- ¿Cuánto me cuesta el amor?
- Perderás las llaves.
Y después de eso, no volvió a decir más. Se despidió de mí con un movimiento de cabeza, metió la plata que le di a su bolsillo y se metió detrás de una cortina de flores lilas y turquesas. Me quedé sola en ese pequeño cuarto tan oscuro y pequeño como una caja de zapatos. Al salir, la luz parecía más intensa de lo normal y era tan clara que ridiculizaba todo lo que acababa de ocurrir. Lo místico del incienzo, las velas y los santitos parecía un sueño que se esfumaba detrás de la calle, la gente, las bocinas, los puestos de periódico y la basura. La realidad me envolvió y olvidé por completo a la bruja y sus predicciones.
Iba camino a casa. Me puse los audífonos para recorrer esa ciudad abrumadora con cierta distancia. Cuando llegué a mi puerta metí la mano en el bolsillo de mi mochila. Moví los dedos y los hice caminar de un lado al otro buscando mis llaves. No estaban. Tampoco en los bolsillos de mi pantalón. Debí haber dejado las llaves adentro de mi casa. No desesperé porque tenía una copia de esas llaves en mi carro. Caminé a la esquina para abrirlo.
Cuando llegué al carro recordé que las llaves del carro estaban dentro de mi casa (ese día había decidido salir caminando). No tenía copia de las llaves de mi carro en ningún lado. Tendría que llamar a los del seguro para que me lo abrieran. Así podría sacar la llave de repuesto de mi casa guardada en la guantera de mi carro. Con esa llave de repuesto podría recuperar la llave original de mi casa y la única llave que tengo de mi carro. Cogí el celular para hacer la llamada y el celular estaba muerto. La música había gastado toda mi batería.
Decidí caminar a casa de mis padres para usar su teléfono. Ya no tenía música para abstraerme de la ciudad así que no me quedó otra que convertirme en ella: fui el camión y el camionero, los peatones y sus celulares, la vereda y sus huecos, los taxis y su conchudez. Fui también cada una de esas golosinas que se venden en los puestos de periódicos. Finalmente llegué a casa de mis padres. Ese día cargaba con la llave de su casa en mi mochila porque había prometido regar las plantas mientras estuvieran fuera de la ciudad.
Entré al edificio y me subí en el ascensor. Cuando llegué a la puerta del segundo piso abrí el bolsillo de mi mochila y de repente las llaves saltaron desde adentro como dos ardillas. Es como si hubieran estado atentas esperando ese momento para escapar. Las llaves volaron por el aire, dieron tres volteretas y al caer, pudiendo haber caído al piso del ascensor (como caen la mayoría de las llaves), las pendejas decidieron deslizarse por la rendija del ascensor. Sí, ese diminuto vacío entre el piso del ascensor y el piso de cualquier departamento. Las escuché descender del piso cuatro hasta el tercer sótano, cada vez más lejos, y junto a ellas se alejaba de mí la posibilidad de conseguir las llaves de mi casa y las de mi carro. En mi cabeza escuché una voz que lentamente decía carajo, y ahora cómo hago para regar el helecho de mi madre.
Salí del edificio a la calle. Ya era de noche y me convertí en noche. Estaba cansada y tan sólo imaginar el silencio de mi casa y un par de pantuflas me hicieron sentirme aún más cansada. Cuando miré al piso no tenía llaves y tampoco fuerzas para buscar soluciones. ¿Y si me quedo a vivir aquí en la calle? - pensé. Frente a mí apareció una tarjeta que decía, *CERRAJERO - ATENCION 24 HORAS*. Mis pasos me llevaron a su puerta y al llegar encontré un joven afuera.
- ¿No está cerrajero?
- Soy yo.
- Necesito ayuda con urgencia.
- Yo también.
- ¿Qué necesita usted?
- Un cerrajero que me abra la puerta de mi taller. No puedo trabajar sin mis herramientas. ¿Y usted?
- Necesito que ese mismo cerrajero le abra la puerta a usted, para que saque sus herramientas, para que venga abrirme la puerta a mí, para rescatar las llaves de mi casa y las de mi carro. ¿Y tiene usted herramientas para abrir cajas de ascensores?
Nos miramos a los ojos como dos perritos mojados.
- Hace frío. Le puedo invitar un café.
Y desde ese día ni yo he vuelto a mi casa ni el cerrajero a su taller. Cuando fui a buscar a la bruja solo encontré una caja de zapatos y adentro, una nota que decía: El enamoramiento es una distracción... una bonita distracción.
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