Sunday, December 31, 2017

Lo que esconde un cuaderno amarillo y un ojo sin parche


Tomás era un niño que nació con un ojo raro. Su ojo derecho no estaba derecho, sino más bien, para un lado. Cuando comenzó a mirar el mundo, sus padres reconocieron esta peculiaridad y lo sometieron de inmediato a todo tipo de tratamientos. Finalmente, los doctores recomendaron que el ojo del niño descansara detrás de un parche. *Hay cosas que solo el tiempo corrije*, dijeron los especialistas para consolar a los padres y quitarse el peso de encima.

El parche sobre el ojo *malito* no corrigió nada. De hecho, hizo mucho más difícil la interacción del pequeño Tomás con otros niños del nido. Como era predecible, el primer día en que Tomás entró al colegio, fue bautizado como el *El Niño Pirata*. Ese mismo día, se sacó el parche del ojo, lo alzó al aire como una bandera y gritó en medio de una plaza, como un libertador proclamando su propia independencia: *Jódanse todos: ¡es mi derecho mostrar mi ojo derecho!*.

Desde ese día, el valiente Tomás decidió mirar el mundo desde su ojo desnudo, imperfecto y chueco. Su escudo ante las miradas fueron los cuentos. Frente a cada burla, Tomás recurría a alguna de las historias que guardaba en la pequeña biblioteca de cuentos que había construido con los libros que su abuelo le regalaba por su cumpleaños y navidad. Todos tenían algo en común: eran relatos de monstruos y seres extraños. Era como si el abuelo hubiese querido regalarle a su nieto un pequeño kit de supervivencia ante la crueldad humana.

La fascinación y admiración del pequeño por la imperfección, la fealdad y la grandeza crecían cada día más. No solo exploraba en los cuentos, sino también, en las películas. Tomás descubrió que todos aquellos seres imperfectos y violentos habitando mundos fantásticos no eran más que cáscaras escondiendo corazones nobles y sensibles, como el suyo. La ficción abrió para Tomás la puerta a una nueva realidad en la que los mancos y tartamudos, los perros sin cola, y los pájaros de pico feo aparecían como seres fascinantes. Dentro de ese mundo solitario, él se sentía bien.

Los cuentos dotaron a Tomás, además de sensibilidad, de una imaginación desbordante. Escribir historias en su cuaderno amarillo era una estrategia pacífica de contraataque: el niño que le susurraba insultos se convirtió en una lagartija capturada en la bodega de un buque pirata; la niña que se le pegaba chicles en la cabeza era una mujer enorme de pies diminutos con un grano en la nariz peludo; su maestra indiferente era una medusa con alas de pato que no podía pronunciar la letra A; el vecino que le desinflaba las llantas de su bicicleta llegó a transformarse en una piedra azul que ladraba sin ser escuchado.

Tomás hacía justicia con sus relatos. Era su mejor manera de no dañar a nadie y reírse un poco. Como siempre le decía su abuelo, *todos tenemos derecho a guardar nuestros secretos*.

Un día, en clase de matemáticas, Tomás sacó su cuaderno amarillo para responder a los ataques de una niña pelirroja que le estaba tirando papelitos. Estaba tan concentrado que no notó que la maestra  indiferente estaba parada detrás de él. Al voltear a verla, Tomás dejó caer el cuaderno amarillo al piso y salió corriendo del colegio, muy asustado.

Dicen que ese día, en todo el pueblo, se escucharon risas de niños por todas las esquinas. Tomás escondió tanto su cabeza en la almohada que no pudo escuchar ni el sonido del timbre cuando sus padres llegaron a casa.

Al día siguiente, Tomás volvió al colegio listo para recibir una expulsión. Al entrar a su salón, todos los niños dejaron de hablar. La maestra indiferente ya no estaba indiferente. Nadie le tiró ningún papelito. Luego de unos segundos de silencio, empezó una orquesta de aplausos y gritos que retumbó hasta las ventanas. Una lágrima cayó del ojo derecho de Tomás. Era la primera lágrima que había visto salir por su ojo monstruoso.

Desde ese día, los niños hacían cola junto a su carpeta de Tomás para pedirle que los hiciera parte de alguna de sus aventuras. Unos querían ser pulpos, otros enanos, algunos querían tener los ojos en los pies y otros caminar de cabeza. Yo tuve la suerte de que Tomás me convirtiera en una sirena de cartón y que me diera su autógrafo.

Fue así como nació el cuentista más reconocido de nuestra ciudad. Sus cuentos han sido traducidos a muchos idiomas, inclusive, en braille. Esa es la historia de mi escritor favorito, que habiendo tenido el dinero para operarse, decidió dejar su ojo chueco. Aún mantiene su gran fascinación por la monstruosidad y se burla con frecuencia de los doctores. Se casó con una mujer hermosa con dos lagunas verdes en los ojos, tuvo un hijo con una pierna más corta que la otra, y tiene dos nietos a los que les regala libros de cuentos por sus cumpleaños y navidad.


(Historia inspirada en la infancia de la escritora Guadalupe Nettel)